CAPÍTULO 14
Durante toda la noche, varios hombres de la alta sociedad y algunos extranjeros acaudalados se habían acercado a ella, atraídos por su belleza y su aura de misterio. Sin embargo, Elena los había despachado con una cortesía tan gélida que rozaba el insulto. A ella solo le importaba él. Augusto era el único hombre que habitaba sus pensamientos desde aquella cena en la mansión de los Saldívar, y estaba decidida a que él sintiera lo mismo.
Clara, una de sus pocas amigas, se acercó a ella con una copa de champaña en la mano.
— Elena, querida, te he estado observando —dijo Clara, sentándose a su lado con un suspiro dramático— Has rechazado a dos hombres de importancia y a un heredero de minas en menos de una hora. ¿Acaso te has vuelto alérgica a la fortuna?
Elena soltó una pequeña nube de humo y ni siquiera se dignó a mirar a su interlocutora.
— La fortuna no es nada sin el poder que la respalda, Clara. Esos hombres son solo carteras con apellido.
Clara rió, echando la cabeza hacia atrás.
— Entiendo perfectamente por qué siempre has rechazado a Enrique Saldívar; es un borracho insufrible que cree que todas las mujeres son activos de su banco. Pero los demás... Bueno, son buenos partidos.
Elena finalmente desvió la mirada de Augusto para clavar sus ojos en Clara.
— Lo único que quiero es a Augusto de la Vega —sentenció Elena con una voz ronca y decidida.
Clara arqueó una ceja, mirando hacia la barra donde Augusto permanecía de pie, de espaldas a ellas.
— ¿de la Vega? No lo conocemos, Elena. He visto cómo te mira… o mejor dicho, cómo no te mira. El hombre no parece tener ninguna intención de acercarse a ti después de aquella cena. Dicen que no tiene espacio para distracciones femeninas.
— No me importa lo que parezca o lo que digan las malas lenguas —replicó Elena, apagando su cigarrillo en un cenicero de cristal— Haré que me conozca. Haré que me necesite. Y este es el mejor momento para hacerlo.
Clara se inclinó hacia ella, el aroma de su perfume barato invadiendo el espacio personal de Elena.
— ¿Y por qué ahora? ¿Qué ha cambiado?
Elena sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos y que guardaba un veneno muy antiguo.
— La tonta de la señorita Valente no está en la ciudad. Está encerrada en esa universidad, fingiendo que estudia arte mientras su mundo se cae a pedazos. Tengo que convencerlo en estos meses de que yo soy la mujer que él necesita a su lado, no una niña rica que no sabe lo que es la vida real.
Clara frunció el ceño, confundida.
— ¿Y qué tiene que ver Matilde Valente con todo esto? Ella es la prometida de Enrique. Augusto es solo un inversor que acaba de llegar.
Elena soltó una risa amarga que heló la sangre de Clara.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.