CAPÍTULO 15
Dentro de la oficina principal de la Banca Saldívar, Enrique estaba sentado tras su escritorio, con las cortinas cerradas y la única luz de una lámpara de escritorio que resaltaba las profundas ojeras y la palidez de su rostro.
Frente a él, varios libros contables permanecían abiertos. Enrique no veía números; veía sentencias de muerte. La noche anterior en el casino había sido un desastre absoluto. No solo había perdido su propio capital, sino que, en un arrebato de desesperación provocado por el alcohol y la soberbia, había recurrido a fondos del banco que no le pertenecían. Había movido dinero de cuentas fiduciarias, depósitos de clientes que confiaban en el apellido Saldívar, para intentar recuperar lo perdido en una mesa de póker que nunca le devolvió nada.
El banco, ese pilar de la sociedad que su abuelo había fundado, estaba empezando a caerse a pedazos por dentro, convertido en una cáscara vacía sostenida por mentiras contables. Si una auditoría externa —como la que Augusto de la Vega estaba sugiriendo— llegaba a concretarse, Enrique no solo terminaría en la ruina, sino tras las rejas.
Un golpe seco en la puerta lo sobresaltó, haciéndolo cerrar los libros con un movimiento brusco.
— ¡Adelante! —gritó Enrique, tratando de recuperar su tono de mando.
La puerta se abrió y Rodolfo Valente entró en el despacho. Para sorpresa de Enrique, su suegro no traía la expresión de derrota de los últimos meses. Al contrario, caminaba con una ligereza inusual, con el mentón en alto y un sobre abultado en la mano.
— Buenos días, Enrique —dijo Rodolfo, sentándose frente a él sin esperar invitación— Te traigo buenas noticias. Parece que la suerte de los Valente finalmente ha decidido cambiar.
Enrique lo miró con escepticismo, frotándose las sienes.
— ¿De qué hablas, Rodolfo? No estoy de humor para adivinanzas.
Rodolfo dejó el sobre sobre el escritorio con un golpe triunfal.
— Ayer, después de que te marcharas a la mesa de los profesionales, me quedé un rato más en el bacará. Gané, Enrique. Gané una suma considerable. Lo suficiente para hacer un depósito importante hoy y demostrar que mis negocios todavía tienen vida. He venido a dejar esto en mi cuenta personal y a decirte que, tal vez, no necesitemos depender tanto de ese de la Vega después de todo.
Enrique abrió el sobre y miró el fajo de billetes. Era una cantidad respetable, sí, pero comparada con el agujero negro que él mismo había cavado en las bóvedas del banco la noche anterior, era apenas una gota de agua en un incendio forestal.
— ¿Esto es lo que te tiene tan contento, Rodolfo? —preguntó Enrique, su voz cargada de un sarcasmo venenoso mientras arrojaba el sobre de vuelta al escritorio— ¿Unas cuantas manos afortunadas en el casino?
Rodolfo parpadeó, desconcertado por la reacción de su yerno.
— Es un inicio, Enrique. Es dinero real. Pensé que te daría un respiro saber que no todo está perdido.
— ¡Esto no es nada! —estalló Enrique, poniéndose de pie de un salto y golpeando la mesa con ambas manos— ¿Crees que con este puñado de billetes vas a salvar tus navieras? ¿Crees que vas a cubrir los créditos que este banco te ha otorgado por puro favor familiar durante los últimos tres años? Tu empresa es un cadáver, Rodolfo. Y este dinero solo sirve para comprar las flores del entierro.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.