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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 427

CAPÍTULO 16

Carlos, sentado en una de las mesas laterales del bar del vestíbulo, revisaba una serie de facturas y documentos de embarque. Su papel como la mano derecha de Augusto de la Vega no solo implicaba estrategia financiera, sino también actuar como el escudo contra las distracciones que su amigo no estaba dispuesto a tolerar.

Durante las últimas dos semanas, una presencia se había vuelto tan constante como las campanadas del reloj de la plaza: Clara.

Siguiendo las órdenes precisas de Elena, Clara se había encargado de orbitar alrededor de Carlos sin descanso. Al principio, Carlos la había ignorado con la eficiencia de un burócrata, pero la mujer tenía una forma de aparecer casualmente en la cafetería del hotel, en la recepción o incluso en el puesto de periódicos donde él compraba la prensa económica cada mañana.

Esa tarde, Carlos vio a Clara cruzar el vestíbulo.

Carlos cerró su carpeta con un golpe seco. Ya había tenido suficiente.

Se levantó y caminó hacia Clara antes de que ella pudiera acercarse al mostrador de recepción. La interceptó cerca de una de las grandes columnas de mármol.

— Señorita —dijo Carlos, su voz cargada de una firmeza agotada— Por favor, deténgase.

Clara se detuvo y lo miró con unos ojos grandes y brillantes, fingiendo una sorpresa que no sentía.

— ¿Señor Carlos? Qué encuentro tan inesperado. ¿Acaso también viene por el correo de la tarde?

— Vengo a decirle que esto tiene que parar —replicó Carlos, ignorando la cortesía— He sido muy paciente, pero Augusto no tiene el menor interés en la señora Duval. He devuelto cada una de sus cartas y he ignorado cada una de sus invitaciones. Augusto de la Vega no está interesado en ella. Por favor, dígale que se detenga. No me obligue a pedirle a la seguridad del hotel que le prohíba la entrada.

Clara comenzó a reír. No fue una risa burlona, sino una carcajada cristalina y genuina que atrajo la atención de un par de diplomáticos que pasaban por allí. Ella se llevó una mano a la boca, tratando de contenerse, mientras observaba la expresión de estupefacción de Carlos.

— ¿De qué se ríe? —preguntó él, sintiendo que el calor le subía al rostro— No hay nada gracioso en el acoso, señorita.

— Oh, Carlos… —dijo ella finalmente, recuperando el aire— Eres tan tonto como todos los hombres que pasan demasiado tiempo a la sombra de un gran magnate.

— ¿Disculpe?

Clara dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal de una manera que Carlos no supo cómo gestionar. El aroma de su perfume, algo floral y dulce, lo envolvió. Ella levantó el sobre de color lavanda y lo agitó suavemente frente a sus ojos.

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