CAPÍTULO 17
— Llegas tarde, Rodolfo —dijo ella, sin levantar la vista del libro de oraciones que sostenía, aunque no estaba leyendo— Enrique llamó dos veces. Estaba molesto porque no atendiste su última nota sobre los intereses del préstamo.
Rodolfo soltó un bufido de desprecio y se acercó al mueble bar. Se sirvió un coñac generoso, ignorando que sus manos temblaban ligeramente. El encuentro matutino con su yerno en el banco, y las imágenes de Enrique perdiendo el control en el casino la noche anterior, daban vueltas en su cabeza como un carrusel macabro.
— Enrique Saldívar puede esperar —sentenció Rodolfo, bebiendo un trago largo que le quemó la garganta— De hecho, me estoy empezando a preguntar si no hemos esperado demasiado tiempo nosotros.
Leticia lo miró con extrañeza.
— ¿A qué te refieres con eso? Sabes que el compromiso es lo único que mantiene a flote nuestro prestigio.
Rodolfo dejó la copa y caminó hacia su esposa. Se sentó frente a ella, inclinándose hacia adelante con una urgencia que Leticia no había visto en años.
— Querida, han pasado tres años. Tres años en los que nuestra hija ha sido la "eterna prometida", el hazmerreír de las cenas de gala. Y en este tiempo, la situación ha cambiado. Este tiempo nos ha servido para ver la verdadera cara de Enrique. Es un hombre consumido por los vicios, Leticia. Anoche lo vi en el casino, rodeado de mujeres de mala vida, apostando fondos que sospecho ya ni siquiera son suyos. El banco Saldívar es un gigante con pies de barro, y Enrique es el que está cavando su propia fosa.
Leticia frunció el ceño, su sentido de la clase social activándose de inmediato.
— Todos los hombres de su posición tienen distracciones, Rodolfo. No seas ingenuo. Lo que importa es el apellido y la seguridad que nos brinda.
— ¡Ese apellido no nos salvará cuando el banco quiebre! —exclamó Rodolfo, bajando la voz al recordar que los criados podían oírlo— Enrique no respeta a Matilde, no respeta nuestras finanzas y, lo que es peor, no se respeta a sí mismo. He estado pensando mucho hoy… y si cambiamos de prometido?
Leticia se quedó petrificada. Sus dedos se apretaron contra la seda de su vestido.
— ¿Qué quieres decir, Rodolfo? Eso no me gusta nada. Romper un compromiso de tres años sería un escándalo que no podríamos superar. No quiero saber por dónde van tus ideas. Nuestra familia no sobrevive a un divorcio social de ese calibre.
— Sobreviviremos mejor a un escándalo que a la miseria absoluta —replicó Rodolfo con firmeza— Piénsalo bien. Matilde no quiere a Enrique. Lo rechaza sistemáticamente, huye de él hacia la universidad. Y él… él solo quiere usarla como un trofeo mientras nos exprime lo poco que nos queda de las navieras.
— ¿Y qué hombre propones entonces? —preguntó Leticia con sarcasmo— ¿Quién en esta ciudad tendría el poder para asumir nuestras deudas y el valor para casarse con una mujer que ya ha sido señalada como la eterna prometida de otro?
Rodolfo guardó silencio un segundo, dejando que la tensión creciera en la habitación.
— Augusto de la Vega.
Leticia se puso de pie de un salto, dejando caer su libro al suelo. Su rostro pasó de la palidez a un rojo de indignación pura.
— ¡No! ¡Ni hablar! ¡Rodolfo, te has vuelto loco!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.