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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 429

CAPÍTULO 18

El patio de la Facultad de Bellas Artes era un remanso de paz detenido en el tiempo. Para Matilde, ese lugar no era solo un centro de estudios; era su búnker, el único espacio en el mundo donde no era "la hija de Valente" ni "la prometida de Saldívar".

Sin embargo, esa mañana, ni siquiera su lugar preferido lograba calmar su agitación. Matilde estaba sentada en un banco de piedra, con un cuaderno de bocetos abierto sobre el regazo, pero su carboncillo no se había movido en media hora. Sus ojos estaban fijos en el horizonte, perdidos en un recuerdo que quemaba más que el sol del mediodía.

— Si sigues apretando ese cuaderno así, vas a terminar por romper el papel, Matilde —dijo una voz suave y familiar.

Teresa se sentó a su lado. Era su amiga más fiel desde que ingreso a la universidad.

— Estás en otro planeta —insistió Teresa, apartándole un mechón de cabello de la cara— Tu madre llamó a la residencia tres veces preguntando si habías regresado ya a la ciudad. Estás distante, diferente. ¿Es por Enrique? ¿Ha vuelto a hacer de las suyas?

Matilde soltó un suspiro largo, cerrando el cuaderno con un golpe seco. Miró a su amiga, y Teresa vio en sus ojos una mezcla de terror y una chispa de esperanza que creía muerta.

— Él volvió, Teresa —susurró Matilde, apenas audible.

Teresa se quedó inmóvil por un segundo. No necesitó nombres. En los tres años de confidencias nocturnas, solo había un "él" que mereciera ese tono de voz.

— ¿El hombre de la playa? —preguntó Teresa, su voz elevándose por la emoción— ¿Augusto? ¿Estás hablándome en serio? ¡Matilde, eso es maravilloso! Es lo que has estado esperando todo este tiempo. ¡Por eso te has negado a casarte! ¡Él volvió por ti!

— No, Teresa. No volvió por mí —Matilde sintió que un nudo se le formaba en la garganta— No quiere saber nada de mí. Estuvo en mi casa, cenó en mi mesa, y me miró como si fuera una extraña... o peor, como si fuera una enemiga.

— ¿Pero cómo estás tan segura de eso? —Teresa la tomó de las manos— Tal vez solo fue la sorpresa, el miedo a ser descubierto por tu padre...

— No lo entiendes. Es otro hombre —replicó Matilde con amargura— Ya no es el joven que no tenía donde caerse muerto, el que cargaba cajas y vestía camisas gastadas. Ahora es Augusto de la Vega, un hombre importante. Ha vuelto rico, poderoso... y convencido de que lo traicioné.

Teresa guardó silencio, asimilando la noticia. Sabía que la situación era mucho más complicada de lo que imaginaba.

— Tus padres no se opondrán ahora, Matilde. Si es rico, tu padre le pondrá una alfombra roja.

— Mi madre no quiere saber nada de él —respondió Matilde— Ya sabes cómo es. Dice que no tiene nombre, que es peligroso. Y mi padre... mi padre solo ve en él una chequera para salvar sus barcos. Nadie ve al hombre, Teresa. Solo ven el dinero o la falta de linaje.

Matilde hizo una pausa, recordando la intensidad de aquellos encuentros fortuitos en el mercado, en la plaza, en la orilla.

— Lo veía trabajar, Teresa. Cargaba sacos en el muelle, sudaba bajo el sol, y aun así, tenía una dignidad que Enrique nunca tendrá. Una noche, lo vi frente al casino del puerto. Era un lugar exclusivo, donde mi madre y yo cenábamos. Él quiso entrar pero el guardia no lo dejó pasar.

— ¿Y qué hiciste? —preguntó Teresa, fascinada.

— Me acerqué a él. Quise usar mi apellido, mi posición... quise ayudarlo a entrar como mi invitado. Pero él se negó rotundamente. Me miró con un orgullo tan feroz que me hizo retroceder. Me dijo que no necesitaba las limosnas de una niña rica y que un día entraría en lugares mejores que ese por sus propios medios. Esa noche no volví al hotel, me quedé en la playa con él.

— ¿Toda la noche? —Teresa abrió los ojos de par en par.

— Toda la noche —confirmó Matilde— Hablamos de todo. Él me contó sus sueños de construir un imperio, de salir de la miseria. Y yo le conté mi miedo a ser solo una moneda de cambio en los negocios de mi padre. Bajo las estrellas, Éramos solo dos almas perdidas encontrando un norte. Fue magia, Teresa. Una magia que me ha mantenido viva durante estos tres años de vacío.

— Y ahora esa magia se ha vuelto oscura —reflexionó Teresa.

— Tengo miedo, Teresa. Miedo de que para cuando logre explicarle la verdad, ya sea demasiado tarde.

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