CAPÍTULO 19
( tres años atrás)
— Matilde, concéntrate. Estamos aquí para comprar tu vestido de compromiso —la voz de su madre, afilada y elegante, cortó sus pensamientos como un cristal— No te veo nada emocionada, y es un día muy importante para ti, para la familia.
Matilde suspiró, sintiendo cómo el corsé del vestido de encaje que llevaba puesto le oprimía los pulmones, o quizás era la situación misma la que le quitaba el aire. Se giró hacia el espejo, observando las manos expertas de la modista que ajustaba los alfileres en su cintura.
— Para la familia, madre —corrigió Matilde con una voz carente de emoción— Es un día muy importante para la familia Valente y para los intereses de papá. Para mí, es solo el inicio de un contrato que no firmé.
Leticia dejó escapar un suspiro de impaciencia y dejó su bolso de piel de cocodrilo sobre el diván de terciopelo. Se acercó a su hija y le colocó las manos sobre los hombros, sus dedos fríos y cargados de anillos de diamantes se hundieron ligeramente en la piel de Matilde.
— No seas dramática, Matilde. Apenas conozco a Enrique, madre —continuó la joven, esquivando la mirada de su progenitora en el reflejo— Lo he visto en tres cenas benéficas y dos galas de Navidad. ¿Cómo se supone que voy a comprometerme con un hombre con el que no he compartido más que frases corteses sobre el clima y el mercado de valores?
— Matilde, ¿qué dices? —Leticia enarcó una ceja, genuinamente confundida por la resistencia de su hija— Conocemos a su familia desde siempre. Los Saldívar y los Valente hemos sido vecinos de toda la vida. Nuestras empresas han crecido de la mano. Enrique es un hombre muy apuesto, educado, con una reputación impecable. Es la mejor elección para ti. Es un hombre de tu mundo.
«De mi mundo», pensó Matilde amargamente. Enrique Saldívar era, en efecto, el prototipo de marido perfecto: cabello castaño impecablemente peinado, una sonrisa que nunca llegaba a los ojos y una cuenta bancaria que hacía suspirar a cualquier estratega financiero. Pero no tenía el fuego, la desesperación, ni la oscuridad que había encontrado en aquellos ojos desconocidos durante su breve escape.
— Mamá, quiero seguir estudiando —dijo Matilde, cambiando de tema en un intento desesperado por aferrarse a su propia identidad— Quiero ir a la universidad, matricularme en la facultad de Bellas Artes, terminar mi especialización en historia. Quiero hacer algo por mí misma antes de... esto.
Leticia soltó una risita seca, como si Matilde acabara de contar un chiste infantil.
— Con un marido como Enrique, no lo necesitarás. Él se encargará de todo. Serás la anfitriona más importante del país, presidirás fundaciones, viajarás por todo el mundo. ¿Para qué quieres encerrarte en una biblioteca a estudiar cuadros que ya puedes comprar para decorar tu salón?
Matilde sintió una punzada de indignación en el pecho. Se soltó del agarre de su madre y caminó hacia la ventana de la boutique, observando el tráfico de la ciudad.
— Voy a heredar una fortuna, madre. ¿Por qué necesito el dinero o la protección de un hombre? Mi herencia es suficiente para vivir diez vidas de forma independiente. No entiendo por qué tengo que venderme para asegurar una alianza que papá ya tiene garantizada con sus contratos.
Leticia se puso seria. La máscara de elegancia se endureció, revelando la voluntad de hierro que mantenía unido el apellido Valente.
— Está bien, Matilde. Ve a tu playa. Pero no te quedes mucho tiempo bajo el sol, no quiero que tu piel se vea irritada.
Matilde no respondió. Se vistió rápidamente y salió de la boutique casi corriendo.
El trayecto hacia la costa fue un borrón de paisajes y pensamientos acelerados. Mientras conducía, la imagen de Augusto volvía a ella una y otra vez. ¿Estaría él todavía en aquel hotel? ¿Estaría buscándola? Se sentía culpable por no haberle dicho su nombre real, pero una parte de ella sabía que la verdad habría destruido la pureza de esos días. Para él, ella era Leticia, la mujer que reía con el viento; no Matilde Valente, la moneda de cambio de una fusión empresarial.
Al llegar a la costa, se descalzó y dejó los zapatos en el asiento del copiloto. La arena fría entre sus dedos fue el primer alivio que sintió en todo el día. Caminó hasta la orilla, donde las olas morían con un susurro rítmico. El mar estaba oscuro, profundo y misterioso, muy parecido a los ojos del hombre que había dejado atrás.
— Últimos días de libertad —susurró al viento.
Cerró los ojos y, por un momento, pudo imaginar que no había compromisos, que no había un Enrique Saldívar esperándola con un anillo de compromiso que pesaría más que las cadenas, y que su padre no la estaba usando para consolidar su imperio. En su imaginación, ella era libre de ir a la universidad, de amar a quien quisiera, de ser dueña de su destino.
Pero al abrir los ojos, el horizonte seguía ahí, inalcanzable. Y a lo lejos, el brillo de las luces de la ciudad le recordaba que la función estaba a punto de empezar.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.