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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 431

CAPÍTULO 20

—Hay que comenzar de nuevo, Augusto —dijo Carlos, rompiendo el silencio que solo el rugido del mar se atrevía a desafiar— No queda nada aquí.

Augusto no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en el vaivén de las olas, buscando en el agua una respuesta que sabía que no encontraría. Se sentía como un león enjaulado que acababa de descubrir que los barrotes eran de acero real.

— Lo sé —respondió finalmente Augusto, con una voz que sonaba a cenizas y determinación— La capital es el lugar donde todo se gana o se pierde. Y yo no he nacido para perder.

Marcos le dio una palmada en el hombro, intentando aligerar el ambiente.

— Esa es la actitud. Pero antes de irnos a esa guerra… esta noche, ¿no quieres ir al bar conmigo? Unas copas, un poco de ruido. Hay una timba de póker en la parte de atrás que promete mucho. Podríamos recuperar algo de efectivo.

Augusto negó con la cabeza, una sombra de desdén cruzando su rostro.

— No, no me gustan las apuestas, Marcos. El azar es para los que no tienen un plan. Además, siempre pierdo. El juego no es lo mío.

— Como quieras, gruñón — Carlos se encogió de hombros, resignado— No te quedes mucho tiempo aquí o el mar acabará por convencerte de que te quedes para siempre.

Carlos se alejó, dejando a Augusto en una soledad que se le antojaba necesaria. Augusto se quedó mirando el mar, perdiendo la noción del tiempo. En su mente se repetía, como una cinta desgastada, el beso de esa mujer en la habitación del hotel esa misma mañana. ¿Cómo era posible que una mujer de la que no sabía ni el apellido lo hubiera desarmado tanto?

De pronto, un movimiento a lo lejos rompió su trance. No muy lejos de donde él estaba, una silueta femenina recortada contra el sol poniente llamó su atención. Era una mujer, de espaldas, mirando el mar con una fijeza inquietante. Llevaba un vestido ligero que el viento agitaba como una bandera de rendición.

Augusto frunció el ceño. Algo en su postura no estaba bien. La mujer comenzó a caminar, pero no a lo largo de la orilla, sino hacia adentro. Primero el agua le cubrió los tobillos, luego las rodillas, y siguió avanzando sin vacilar, como si buscara algo en el fondo del abismo.

— ¿Qué está haciendo? —murmuró Augusto.

La mujer no se detuvo. El agua llegó a su cintura y, en cuestión de segundos, una ola más fuerte la envolvió, haciendo que su cabeza desapareciera de la vista por un instante.

El corazón de Augusto dio un vuelco. El pánico, una emoción que rara vez experimentaba, le subió por la garganta. Sin pensarlo, soltó sus zapatos, se quitó la chaqueta y corrió hacia el agua.

—¡Eh! ¡Oiga! —gritó, pero el viento se tragó su voz.

Se lanzó al mar, nadando con brazadas desesperadas. El agua estaba fría, golpeando su pecho, pero no se detuvo hasta que alcanzó el lugar donde la había visto hundirse. Sumergió la cabeza, buscando entre la espuma, hasta que sintió una tela y luego un brazo. La rodeó con fuerza por la cintura y tiró de ella hacia la superficie.

— ¡Te tengo! ¡Ya te tengo! —exclamó Augusto, jadeando, mientras luchaba contra la corriente para llevarla de vuelta a la orilla.

La mujer tosía y pataleaba, pero Augusto no la soltó hasta que sus pies tocaron la arena firme. La arrastró unos metros más allá de donde rompían las olas, con los pulmones ardiéndole por el esfuerzo.

—¿Qué haces? —empezó a gritar la mujer en cuanto pudo recuperar el aire.

Augusto, todavía de rodillas y empapado hasta los huesos, la miró con incredulidad. Solo entonces, con el pelo pegado a la cara y los ojos inyectados en sal, se dio cuenta de quién era.

— ¿Leticia? —preguntó, con la voz entrecortada—. ¡Te estoy salvando! ¡Pensé que te estabas ahogando!

Matilde se apartó el cabello del rostro, revelando una expresión de furia pura. Sus ojos, que él recordaba dulces, ahora eran dos brasas ardientes.

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