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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 432

CAPÍTULO 21

Al día siguiente de aquel caótico encuentro en la orilla del mar, el destino decidió que la playa no había sido suficiente.

Matilde se encontraba en una de las confiterías más populares de la zona alta, sentada en un rincón discreto, Matilde observaba a su prima Amelia, quien reía con una alegría contagiosa mientras le tomaba la mano a un joven músico de ojos soñadores.

Para Leticia Valente, su madre, Matilde estaba disfrutando de una tarde de té y confidencias entre "señoritas de bien". En realidad, Matilde solo era la coartada necesaria, el escudo de seda que permitía que aquel amor prohibido entre su prima y un hombre sin fortuna floreciera por un par de horas lejos de los ojos de la sociedad.

«Ojalá fuera tan valiente», pensó Matilde, sintiendo una punzada de envidia al observar el brillo en los ojos de Amelia. «Ojalá pudiera elegir a quién mirar con esa libertad».

Bebió un sorbo largo de su refresco, intentando convencerse de que su futuro con Enrique Saldívar no era tan negro como lo pintaba su corazón. Enrique no era un monstruo. Los recuerdos de su adolescencia le devolvían la imagen de un joven correcto, previsible y amable. "Tal vez sea un buen hombre", se dijo a sí misma en un susurro interno, tratando de acallar el eco de las olas. "Tal vez el amor no sea un rayo, sino algo que se construye con el tiempo y la costumbre".

Pero la mentira se desmoronó antes de que pudiera terminar de creerla.

— Te dije que nos volveríamos a ver.

La voz era profunda, vibrante y tan dolorosamente conocida que Matilde casi deja caer el vaso de cristal. El corazón le dio un vuelco violento, golpeando sus costillas como si quisiera escapar. Giró la cabeza lentamente y allí estaba él.

El hombre de la playa estaba sentado en la banqueta de la barra, justo al lado de su mesa. Llevaba una camiseta de algodón gris desgastada que se pegaba a sus hombros anchos y unos vaqueros manchados de polvo y grasa. Tenía una fina capa de sudor en la frente y sus manos… se veían curtidas, sucias por el trabajo duro de quien trabaja de sol a sol.

— ¿Qué dices? —logró articular ella, tratando de recuperar el aliento que parecía habérsele escapado por la ventana— Me estás siguiendo, ¿verdad?

Él soltó una risa seca, un sonido ronco que la hizo estremecer, mientras sus ojos oscuros la recorrían con una intensidad que la hacía sentir desnuda bajo su vestido de diseño.

— Para nada. El destino es así de caprichoso —respondió él, apoyando un brazo sobre la barra con una arrogancia natural— o quizás es que solo hay una confitería decente en esta zona y los trabajadores también tenemos derecho a entrar por la puerta trasera.

Augusto acababa de terminar de descargar tres docenas de cajas de mercadería pesada en el almacén del local. Era uno de los tantos trabajos temporales que había aceptado para empezar a juntar, moneda a moneda, el capital que necesitaba para su gran plan. Al entrar a la tienda para pedir su paga, la había visto: una visión de seda y perlas sentada en una barra de madera, sola, con la mirada perdida en un horizonte que no estaba allí. No había podido evitar acercarse.

Lo cierto era que, en ese momento, Augusto no podía permitirse invitarla ni a un vaso de agua. Sus bolsillos estaban casi vacíos tras pagar la pensión donde dormía, pero su orgullo seguía intacto, tan afilado como su mirada.

— Quiero saber tu nombre completo —dijo él de repente, invadiendo su espacio personal con esa confianza que Matilde no lograba entender.

Matilde suspiró, apretando el vaso frío entre sus manos para anclarse a la realidad.

— Y llegaste tú y lo arruinaste todo —continuó ella con un toque de sarcasmo, tratando de ocultar que su presencia la descolocaba por completo.

— Y yo que pensé que era tu salvador —respondió él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro que solo ella podía oír— Aunque parece que prefieres ser salvada por príncipes imaginarios. No esperabas encontrarte con un simple peón en tu camino de seda, ¿verdad?

Matilde se tensó. ¿Cómo podía él leerla tan bien? ¿Cómo podía ver a través de todo su caparazón hasta encontrar a la mujer asustada que se ocultaba debajo?

— Ya me tengo que ir —dijo ella bruscamente. Sacó varios billetes de su bolso y los dejó sobre la barra. Era una cantidad absurda, que cubría diez veces el precio de su refresco y el té de su prima— Mi amiga ha terminado su cita y mi madre no tardará en notar mi ausencia si me retraso.

Se puso de pie, ajustando su bolso de marca sobre el hombro, sintiendo la mirada de Augusto quemándole la espalda. Él la observó levantarse, sintiendo una mezcla de deseo ardiente y una rabia sorda. Ella era la mujer que dejaba propinas excesivas sin mirar, la mujer que vivía en un mundo donde el dinero no se contaba, sino que se daba por sentado. Él era el hombre que descargaba las cajas que ella consumía.

— Nuestra cita será en otra oportunidad, cariño —añadió Augusto con una sonrisa agridulce. Usó ese apelativo con una mezcla de ironía y una ternura que no pudo ocultar, marcando territorio a pesar de su pobreza.

— ¡Augusto! ¡Mueve el resto de las cajas de harina o no hay paga! —gritó el encargado desde la trastienda, rompiendo el hechizo con la brutalidad de la vida real.

Él apretó la mandíbula, y por un segundo, la humillación brilló en sus ojos. El llamado de su realidad lo golpeó como un bofetón frente a la mujer que deseaba. Miró a la mujer una última vez, una mirada que prometía que las cosas no se quedarían así.

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