CAPÍTULO 22
— ¿Con quién estabas hablando? —preguntó Carlos, rompiendo el silencio con una curiosidad maliciosa— Esa joven… se mira de mucho dinero, Augusto. ¿La conoces de algo?
Augusto se tensó, cargando el último saco de harina sobre su hombro con una fuerza innecesaria.
— No —respondió secamente, evitando la mirada inquisitiva de su amigo.
Carlos soltó una risita incrédula y lo siguió hasta el interior del almacén.
— No me vengas con cuentos. Te vi hablando muy a gusto con ella. No era una charla de jefe y empleado, había algo más. Y esa ropa, ese aire de superioridad… esa mujer se mira de billete, hermano. De mucho billete.
Augusto dejó caer el saco sobre la tarima con un golpe seco que levantó una nube blanca en el aire. Se giró hacia Carlos, con los ojos encendidos.
— ¿Y qué si tiene dinero? No es asunto nuestro.
— ¿Cómo que no? —Carlos se acercó, bajando la voz, aunque no había nadie más allí— Mira dónde estamos, Augusto. Estamos hundidos hasta el cuello. Esa chica podría ser la respuesta a nuestros problemas. Una mujer así, con un solo contacto o un préstamo pequeño de su herencia, nos sacaría de este agujero. No nos podrá ayudar, Augusto… ¿o es que te da vergüenza pedirle?
— No —sentenció Augusto, su voz resonando en las paredes de piedra— No vamos a pedirle nada. Ni ahora, ni nunca.
Carlos suspiró, frustrado, y se pasó una mano por el cabello alborotado.
— Eres un orgulloso. Tenemos deudas, el alquiler del cuarto donde dormimos vence mañana y apenas nos queda para comer. Ella seguro tiene dinero, aprovechemos la conexión. Si le gustas, como me pareció ver desde la puerta, podrías conseguir que nos presente a gente influyente.
— Te dije que no fueras a apostar, Carlos —le espetó Augusto, señalándolo con el dedo— Te lo advertí. No tenemos dinero y tú vas y pierdes lo poco que ganamos en esa timba de mala muerte. El juego no es lo tuyo, parece que es una enfermedad para ti.
Carlos bajó la vista, moviendo el pie con nerviosismo. La culpa brilló en sus ojos por un segundo antes de ser reemplazada por la desesperación.
— Pensé que podría duplicarlo, Augusto. Quería darnos un respiro. Pero la suerte no estuvo de mi lado. Por eso te digo… esa chica es un regalo del cielo. Aprovechemos que parece interesada en ti.
— Mantente alejado de ella —advirtió Augusto, dando un paso intimidante hacia su amigo— No la vuelvas a mencionar y no te atrevas a acercarte si la vuelves a ver. Ella no tiene nada que ver con nuestras deudas ni con tus errores.
Carlos levantó las manos en señal de rendición, pero su mente seguía trabajando a mil por hora. No podía entender cómo Augusto, estando en la miseria, se permitía el lujo de proteger la integridad de una desconocida.

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