CAPÍTULO 23
— Vámonos de acá, Carlos —siseó Augusto, agarrando a su amigo por el brazo con una fuerza que amenazaba con rasgar la tela de su chaqueta— ¿Para qué quieres entrar a este lugar? Te lo he dicho mil veces: deja de querer apostar. No tenemos el dinero, ni la ropa, ni la paciencia para esto.
Carlos se soltó con un movimiento brusco, su rostro desencajado por la ansiedad del jugador. Sus ojos estaban fijos en las puertas doradas donde hombres con esmoquin y mujeres envueltas en pieles entraban con una sonrisa displicente.
— Solo una mano, Augusto. Te lo juro. Siento que esta es la noche. Si logramos entrar, puedo convertir lo poco que nos queda en una fortuna. ¡Míralos! Entran como si el mundo fuera suyo. Nosotros merecemos estar ahí dentro también.
— Tú no buscas fortuna, buscas autodestrucción —respondió Augusto, su voz cargada de un cansancio profundo— Vámonos antes de que nos echen a patadas. No pertenecemos aquí, al menos no todavía.
Pero el altercado ya había llamado la atención de la seguridad del lugar, un hombre corpulento con un uniforme impecable. El hombre se interpuso en el camino de Carlos, bloqueando el acceso con una mano enguantada.
— Caballeros, circulen —dijo el portero con una voz gélida— Este es un club privado.
— Solo queremos entrar a la sala principal —insistió Carlos, tratando de sonar seguro— Tenemos efectivo.
El hombre recorrió la vestimenta de ambos con un desprecio mal disimulado.
— No me han oído bien. Afuera.
A pocos metros, saliendo del vestíbulo del hotel anexo, Matilde se detuvo en seco. Llevaba un vestido de seda azul noche, y sus hombros estaban cubiertos por una estola plata. Se suponía que debía estar esperando a sus padres en la suite del hotel, pero la presión de verse enjaulada la llevó a bajar al vestíbulo.
Entonces lo vio y caminó hacia la entrada.
— ¿Qué sucede, señorita? —preguntó el hombre de la entrada, suavizando su tono de inmediato al reconocer el aura de poder y dinero que emanaba de ella.
— ¿Hay algún problema con estos señores? —preguntó Matilde.
— Señorita, estos señores insisten en entrar, pero no son socios del club. Conoce las reglas perfectamente. Solo socios e invitados de honor pueden acceder después de las diez.
Matilde miró a Augusto. Él no quería ser rescatado, mucho menos por ella, en este estado.
— Entiendo —dijo Matilde— Déjelos pasar con mi carnet. Soy socia, al igual que mi familia.
El hombre de seguridad vaciló, mirando a Matilde Valente. Sabía muy bien quien era ella.
— No es posible, señorita. El reglamento es estricto. Solo su padre, podría autorizar tal acción para invitados que no cumplen con el código de vestimenta.
Matilde sintió un arrebato de indignación. El nombre de su padre era siempre la llave y, al mismo tiempo, el candado de su vida.

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