CAPÍTULO 24
Teresa estaba sentada frente a ella, observando cómo Matilde trazaba líneas nerviosas sobre el papel, sin llegar a formar ninguna figura concreta. Su amiga le había contado todo; finalmente, tras tres años de silencios, excusas y una melancolía que parecía no tener fin, Matilde había abierto su corazón de par en par.
— Ojalá hubiese sido valiente como mi prima Amelia —susurró Matilde de repente, rompiendo el silencio con una voz cargada de un arrepentimiento que llevaba tres años madurando en su pecho.
Teresa dejó su libro a un lado y la miró con atención, apoyando los codos sobre la mesa de madera.
— ¿Amelia? ¿La que se escapó a la capital con aquel violinista? —preguntó Teresa— Matilde, eso fue un escándalo que casi acaba con la salud de tu tía.
— Lo sé. Pero ella eligió su camino —Matilde dejó el carboncillo y se miró las yemas de los dedos, manchadas de gris— Yo, en cambio… Al principio no pude ni decirle mi propio nombre, Teresa. Tenía miedo de que mi padre le hiciera algo si descubría que una Valente se veía con un hombre que apenas tenía para comer. Tenía miedo de lo que él pensara de mí si sabía que yo era la prometida del banquero más poderoso de la ciudad.
Teresa suspiró, extendiendo una mano para tocar la de su amiga.
— Le dijiste que te llamabas Leticia.
— Sí. El nombre de mi madre —Matilde soltó una risa amarga— Pensé que dándole un nombre falso lo protegía de la realidad, pero solo construí un muro de mentiras entre nosotros. Y la forma en que lo descubrió… de la peor manera posible. En la fiesta de compromiso viendo cómo Enrique me ponía el anillo mientras mi padre lo humillaba.
Matilde se levantó y empezó a caminar por el pequeño recinto, sintiendo que el aire le faltaba. El recuerdo de Augusto siendo expulsado de la mansión Valente era una herida que nunca terminaba de cerrar.
— ¿Y sabes qué es lo que más me cuesta creer, Teresa? —continuó Matilde, girándose hacia su amiga con los ojos brillantes por la indignación— Que mi padre no se ha dado cuenta. El mismo hombre al que echó a la fuerza ese día, al que llamó basura y al que prohibió volver a pisar nuestra calle, es el mismo que ahora le abre las puertas de su casa. Augusto de la Vega está sentado en nuestro comedor, negociando con mi padre, y Rodolfo Valente le sonríe y le ofrece su mejor jerez porque ahora ese hombre tiene millones.
— Tu padre nunca lo miró a la cara ese día, Matilde —razonó Teresa con suavidad— Para los hombres como tu padre, los sirvientes no tienen rostro. Solo ven el uniforme. Ahora que Augusto viste trajes elegantes y conduce coches de lujo, para tu padre es una persona completamente nueva. Es alguien importante.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.