CAPÍTULO 25
Carlos estaba sentado en una de las mesas del fondo, observando el reloj de pared. Se sentía extrañamente inquieto. Había pasado gran parte de su vida adulta protegiendo a Augusto de la Vega, moviéndose entre las sombras. Pero allí, esperando a Clara, se sentía como un hombre diferente, alguien que no era simplemente "el asistente", sino Carlos, alguien con sus propios deseos.
Cuando vio entrar a Clara, su corazón dio un vuelco que intentó disimular ajustándose el nudo de la corbata.
— Espero no haberlo hecho esperar demasiado, señor —dijo Clara, sentándose frente a él con una sonrisa que iluminó la mesa.
— Para nada, señorita. Acabo de llegar —mintió él, ofreciéndole una sonrisa honesta que rara vez mostraba en el trabajo.
Clara se quitó los guantes de seda con una elegancia estudiada. En su mente, las palabras de Elena Duval resonaban como una orden de marcha: "Averigua qué trama Augusto, dónde estará, qué hace cuando no está en el hotel donde vive". Su objetivo era claro: obtener información para que su amiga pudiera interceptar al millonario y terminar de borrar la sombra de Matilde Valente. Pero, a medida que la conversación avanzaba, Clara sentía que su resolución flaqueaba.
— Eres un hombre muy diferente a lo que imaginaba, Carlos —comentó ella, dejando la taza sobre el mármol— Pensé que serías tan serio y... bueno, tan de piedra como el señor De la Vega. Pero eres divertido. Realmente divertido.
Carlos soltó una carcajada que sorprendió incluso a los clientes de la mesa de al lado.
— A veces olvido que tengo permiso para reír, Clara. Augusto es un hombre con una misión muy pesada, y yo soy quien debe asegurarse de que el camino esté despejado. Pero aquí, contigo... es como si el mundo de los negocios estuviera en otro planeta.
Clara sintió una punzada de culpa en el pecho. Carlos era maravilloso. Era inteligente, tenía un sentido del humor seco y autocrítico que la desarmaba, y la miraba con una sinceridad que rara vez encontraba en los hombres del casino. Sin embargo, ella tenía un papel que representar.
— Me imagino que debe de ser agotador —dijo ella, inclinándose un poco más hacia él, bajando la voz— Augusto parece estar en todas partes. En el banco, en el club, en las cenas y en los eventos mas importantes de la ciudad... Me pregunto si alguna vez descansa.
Carlos suspiró, revolviendo la espuma de su café.
— No descansa. Augusto quiere que estemos presentes en todos los eventos clave para que nadie olvide que el capital De la Vega ha llegado para quedarse.
— ¿Incluso en los eventos aburridos? —preguntó Clara con una risita, intentando sonar casual—
Carlos, sintiéndose cómodo y disfrutando de la atención de la mujer, no notó el brillo de interés calculado en los ojos de ella. En su mente, Clara era solo una distracción dulce, alguien con quien podía hablar de cosas que no fueran números.
— Bueno, de hecho, pronto asistiremos a una exhibición de arte bastante importante —confesó Carlos, sin pensar en las implicaciones— Se celebra en la Facultad de Bellas Artes.
Clara sintió que el corazón le daba un salto. Allí estaba. La información que Elena ocupaba.
— ¿Una exhibición de arte? —repitió Clara, fingiendo un bostezo ligero— Suena... educativo. Perdón es que no te veo como un hombre al que le gustan esos eventos.

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