CAPÍTULO 26
Esta vez, no fue Rodolfo Valente quien esperaba fuera del despacho de Enrique Esta vez, era Leticia. A diferencia de su marido, Leticia no venía a suplicar; venía a negociar. Ella siempre había sido la verdadera mente detrás del apellido Valente, la mujer que entendía que el poder no solo se medía en barcos, sino en alianzas y en la gestión de las voluntades.
Enrique Saldívar, sentado tras su escritorio, ya sabía perfectamente por qué estaba ella allí. La secretaria anunció su llegada y Enrique se puso en pie. Leticia era mucho mejor para los negocios que su marido, y Enrique sabía que ya era momento de que ella empezara a intervenir si los Valente pretendían sobrevivir.
— Buenos días, Enrique —saludó Leticia al entrar.
— Señora Valente —Enrique la miró con una mezcla de respeto y cautela mientras rodeaba el escritorio— Qué placer tenerla aquí. Realmente, es una sorpresa que me honra.
Leticia aceptó el asiento que Enrique le ofreció con un gesto grácil, pero declinó la oferta de café con un leve movimiento de su mano enguantada.
— No es necesario tanto formalismo, Enrique —dijo ella, clavando sus ojos claros en los de él— Estamos en familia, o al menos eso es lo que el contrato que nos une pretende asegurar. Estoy aquí por una única razón, y ambos sabemos cuál es.
Enrique se dejó caer en su sillón, exhalando un suspiro que delataba su cansancio.
— Lo sé. Su hija.
— Sí, mi hija —asintió Leticia— Rodolfo me ha contado sus inquietudes, y yo he observado las tuyas. Enrique, eres un hombre inteligente, pero me temo que estás cometiendo un error estratégico con Matilde. Si te acercaras más a ella, si te interesaras genuinamente por sus intereses, las cosas serían muy diferentes.
Enrique arqueó una ceja, soltando una risa seca y cargada de cinismo.
— ¿Sus intereses? Se refiere a esos cuadros y a esas teorías sobre el Renacimiento que tanto la apasionan. Señora Valente, nunca la he visitado en la universidad porque considero que ese lugar es una distracción innecesaria de sus deberes reales. Si me acercara más a ella, como usted sugiere… ¿me quiere decir que ella estaría finalmente dispuesta a ser mi esposa?
Leticia se inclinó ligeramente hacia adelante, su mirada volviéndose afilada.
— Matilde es una mujer diferente, y lo sabes Enrique. Ella necesita sentir que su marido no es solo un carcelero de banco, sino alguien que respeta su intelecto. Si te mostraras un poco más comprensivo con su pasión por el arte, ella bajaría la guardia. Y una mujer con la guardia baja es mucho más fácil de guiar.
— De la Vega es solo un inversor con mucho efectivo —respondió Enrique, tratando de sonar indiferente— Nada que no pueda manejar.
— Es un hombre que observa, Enrique. Y lo que observa es a una familia dividida —sentenció Leticia— Quiero que estés presente en la próxima exhibición de arte en la universidad de Matilde. Se celebra este viernes. Ella tiene algunas piezas allí, y es un evento importante para su carrera académica. Puedes asistir con nosotros. Como la familia que somos.
Enrique miró la invitación que Leticia depositó suavemente sobre el escritorio. El logo de la Facultad de Bellas Artes le pareció una afrenta.
— ¿Ir a la universidad? ¿A ver cuadros? —Enrique bufó— Leticia tengo mejores cosas que hacer.
— Tienes un futuro que asegurar —corrigió ella— Si apareces allí, del brazo de Matilde, enviarás un mensaje claro: Matilde Valente tiene un dueño, y ese dueño eres tú. Además, he oído que el señor De la Vega también ha mostrado interés en la exhibición. ¿De verdad quieres que él sea el único hombre poderoso que elogie el trabajo de tu prometida esa noche?
— Está bien —dijo Enrique, tomando la invitación con un gesto brusco— Asistiré. Solo iré para dejar claro que ella sigue siendo mi prometida.
— Es todo lo que pido, Enrique —Leticia se puso de pie, ajustándose los guantes con una satisfacción gélida— Asiste junto a Rodolfo y mi.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.