CAPÍTULO 27
A través del gran ventanal de la habitación que compartía con Teresa, Matilde observaba cómo las hojas secas bailaban en el patio empedrado de la facultad. Las dos cartas habían llegado ayer, pero permanecían sobre su escritorio como dos artefactos explosivos que no se atrevía a tocar. Que sus padres le escribieran al mismo tiempo, y por separado, nunca significaba nada bueno. Sabía que no podía seguir posponiendo lo inevitable; sus padres asistirían a la exhibición en pocos días y ella necesitaba saber a qué se enfrentaba.
Matilde se sentó con lentitud. Hacía días que no hablaba con ellos, en realidad sus padres Rafa vez la visitaban en la época de clases. Con un suspiro entrecortado, tomó el primer sobre. La caligrafía era errática, un tanto temblorosa, pero inconfundible: era la letra de su padre, Rodolfo.
Rompió el sobre y desdobló la hoja con manos inseguras. A medida que sus ojos recorrían las líneas, su corazón comenzó a latir con una fuerza inusual, una mezcla de sorpresa y una extraña forma de liberación.
“Hija mía,” comenzaba la carta, “te escribo desde la penumbra de un despacho que ya no siento mío. Debo ser sincero contigo, Matilde, porque el tiempo de las apariencias se ha terminado para mí. La fortuna que creías eterna, ese sustento que ha mantenido nuestro nombre durante generaciones, se ha escapado de mis manos. Soy el único responsable. Malas inversiones, barcos que nunca regresaron y una confianza ciega en hombres que resultaron ser buitres.”
Matilde dejó de leer por un momento, parpadeando con incredulidad. ¿Cómo era posible? Ella siempre supo que las cosas estaban tensas y que las navieras pasaban por una mala racha, pero leer del propio puño de su padre que la riqueza se había esfumado de la noche a la mañana era algo que su mente no terminaba de procesar. Siempre se sintió protegida por ese muro invisible de oro y privilegios, un muro que ahora, según Rodolfo, no existía más. A pesar de todo, sentía que podía sobrevivir sin dinero. Era cierto que siempre había sido una mujer privilegiada, pero estaba dispuesta a trabajar.
Sin embargo, lo que leyó a continuación fue lo que realmente la dejó sin aliento.
“Matilde,” decía la misiva de Leticia, “espero que tus estudios no te hayan hecho olvidar tus deberes primordiales. Tu padre está pasando por un momento de gran nerviosismo, y tu rebeldía solo empeora su salud. Debes dejar de lado esas tonterías del arte de una vez. He hablado con Enrique, y hemos acordado que su paciencia ha sido admirable, pero ya es hora de poner fecha a la boda. Te pido, te exijo, que continúes con tu romance con Enrique con renovado fervor. Es nuestra única salvación.”
Matilde sintió que el nudo en su garganta se apretaba hasta asfixiarla. Su madre seguía viviendo en la negación. Pero el final de la carta fue lo que más la aterró.
“Para demostrarte nuestro apoyo, he convencido a Enrique de que asista contigo a la exhibición del viernes. Iremos todos como la familia que somos. Asegúrate de estar a la altura de tu apellido. No nos falles, Matilde.”

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.