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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 456

CAPÍTULO 45

Hacía ya bastante tiempo que Enrique se había marchado de la universidad junto con Matilde, y no quedaba reastro de ellos. Augusto aceleró sin rumbo. Al llegar a la intersección donde los caminos se bifurcaban —uno hacia la ciudad principal y el otro hacia la zona boscosa del lago—, divisó un destello de metal en la distancia. Un coche, que retomaba el camino hacia la capital a una gran velocidad, pasó muy cerca de él por el carril contrario. Fue un parpadeo, una mancha oscura que se perdió en el espejo retrovisor. Augusto no pudo distinguir el rostro del conductor, pero la silueta del vehículo era inconfundible. Era un hombre. Y viajaba solo.

Un terror frío le recorrió la espalda. Si era Enrique que volvía solo a la ciudad, ¿dónde estaba Matilde?

Sin dudarlo, Augusto dio un volantazo violento, metiéndose por el camino secundario del que acababa de salir el coche. El camino era estrecho, bordeado por árboles centenarios cuyas sombras se proyectaban sobre el capó como dedos oscuros. Condujo durante varios minutos hasta que de pronto, la vio.

Al borde del camino, una figura solitaria caminaba con paso vacilante. Matilde. Augusto pisó el freno a fondo, haciendo que los neumáticos chirriaran sobre la grava y levantando una nube de polvo que los envolvió a ambos.

— ¡Matilde! —gritó él, lanzándose fuera del coche antes de que el motor terminara de apagarse.

Ella se detuvo en seco, sobresaltada. Al principio, el miedo nubló sus ojos, y se cubrió el rostro con las manos, temiendo que Enrique hubiera regresado para terminar lo que había iniciado. Pero al escuchar la voz profunda y vibrante que la había llamado, bajó las manos lentamente. Lo reconoció al instante.

— ¿Augusto? —susurró ella, como si estuviera viendo una visión.

En ese momento, la fortaleza que Matilde había mantenido durante el enfrentamiento con Enrique se desmoronó por completo. No pudo más. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos en un torrente incontrolable, un llanto nacido del miedo visceral, de la humillación y de la soledad que había sentido en ese sendero.

Augusto llegó hasta ella en dos zancadas. La tomó por los hombros, inspeccionando su rostro con una angustia que no intentó ocultar.

— Ya estoy aquí, Matilde. Ya estoy aquí —dijo él, su voz ronca por la emoción. La envolvió en sus brazos, apretándola contra su pecho con una fuerza que buscaba borrar el rastro de las manos de Enrique de su piel—. Dime, ¿qué sucedió? ¿Qué te hizo ese hombre?

Augusto esbozó una sonrisa agridulce. Era lo que más quería en el mundo, pero le preocupaba el estado físico de ella.

— ¿Seguro que no quieres ir a otro lugar? Estás agotada, Matilde. Mira tu ropa… ¿estás herida? ?¿Te duele algo?

Matilde se miró a sí misma. Estaba desalineada, despeinada y con su ropa de alta costura desecha cubierta de polvo y rastro de hierba. Sus manos estaban sucias, y un pequeño rasguño en su frente, producto del forcejeo, empezaba a secarse.

— Caminemos, ¿quieres? —sugirió ella, señalando el inicio del sendero que se adentraba en el bosque— Hay un lago muy bonito no muy lejos de aquí. Es tranquilo. Nadie nos verá.

Augusto asintió, tomando su mano con una ternura que contrastaba con su imagen de magnate implacable. Caminaron en silencio durante varios minutos, dejando el coche atrás. El bosque se volvía más denso, y el aire más fresco a medida que se acercaban al agua. El lago apareció ante ellos como un espejo de plata bajo el sol de mediodía, rodeado de juncos y rocas antiguas. Enrique si tenía razón en algo: este lugar era hermoso.

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