CAPÍTULO 46
Se sentaron en una gran piedra plana que miraba hacia la orilla. El silencio ya no era opresivo, sino sanador. Augusto no pudo evitarlo más. La duda que lo había torturado desde la noche anterior en el hotel salió a la luz.
— ¿Por qué me hiciste pensar que estabas casada, Matilde? —preguntó él, su voz cargada de un dolor que el dinero no había podido anestesiar— Pasé semanas creyendo que eras la "Señora Saldívar". Te vi con ese anillo, escuché a Enrique hablar de ti como si fueras su esposa… ¿Por qué me dejaste creer en esa mentira?
Matilde bajó la vista, jugando con los hilos sueltos de su falda.
— No… no fui yo, Augusto. No sé cómo sucedió eso exactamente, aunque lo sospecho. Mi padre… mi madre… ellos han alimentado esa imagen ante la sociedad para mantener el crédito del banco. Enrique me exhibía como su mujer en cada evento para que nadie sospechara que el compromiso estaba pendiendo de un hilo. Yo nunca te dije que estaba casada. La noche que viniste a cenar a mi casa, cuando me llamaste "Señora", sentí que me clavabas un puñal, pero estaba tan paralizada por tu regreso que no pude corregirte.
Augusto suspiró, frotándose las sienes. La manipulación de los Valente era más profunda de lo que imaginaba. Habían usado la identidad de su propia hija como una moneda de cambio ficticia.
— ¿Y por qué no te has casado? —insistió él, girándose hacia ella— Han pasado tres años. Tenías el compromiso, tenías la presión de tu familia. ¿Por qué seguir siendo la prometida de ese hombre?
Matilde alzó la vista, y la intensidad de su mirada hizo que Augusto contuviera el aliento.
— ¿En serio necesitas que te explique el motivo, Augusto? —preguntó ella con una voz suave pero firme— Te esperé. Cada maldita noche de estos mil días, te esperé. Estiré el compromiso con mil excusas: mis estudios, mi salud, el luto de parientes lejanos… hice todo lo posible para no subir a ese altar. Porque una parte de mí, una parte estúpida y romántica, creía en la promesa que me hiciste en aquel balcón antes de que mi padre te echara. Sabía que volverías.
Augusto sintió que el corazón se le encogía. La culpabilidad de haberla tratado con desprecio lo golpeó con fuerza. Ella había estado luchando una guerra silenciosa mientras él se dedicaba a odiarla desde el extranjero.
— Pero tampoco te has separado de ese hombre —señaló Augusto, señalando el anillo que todavía brillaba en su mano— Si lo amabas tan poco, ¿por qué no rompiste el compromiso de una vez?
— No es tan sencillo, Augusto. Nada en mi mundo lo es —respondió Matilde con amargura— Es muy complicado. Mi padre está en la ruina absoluta. Las navieras solo se mantienen porque Enrique no ha ejecutado las deudas todavía. Si yo rompo el compromiso, mi familia termina en la calle. Y ahora… ahora es peor.
— ¿Peor? —Augusto se tensó.
— Hace un momento, en el sendero, Enrique me amenazó. Pero no fue una amenaza de dinero o de estatus. Me dijo que si no me casaba con él en quince días, destruiría a mi familia. Me lo dijo con tanto odio, que no creo que sea una simple amenaza como otras veces. Enrique ha perdido el juicio, Augusto. Tengo miedo de lo que pueda hacerles a mis padres.
Augusto tomó la mano de Matilde, apretándola con firmeza. El nuevo hombre que había regresado a la ciudad finalmente encontró su propósito real. Ya no se trataba de revancha; se trataba de rescate.
— Estoy aquí, Matilde —sentenció él, su voz vibrando con una seguridad absoluta— No estás sola en esto. Ya no soy el joven que no tenía nada. Ahora tengo el poder para detener a Enrique Saldívar y a quien se interponga en nuestro camino. Lo haremos juntos. Rompe tu compromiso con ese hombre. Hoy mismo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.