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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 458

CAPÍTULO 47

Rodolfo y Leticia Valente se encontraban en mitad del almuerzo, ninguno de los dos hablaba. No había nada que decir entre ellos más que reproches.

De repente, su tranquilidad se vio interrumpida por una visita inesperada. Antes de que el mayordomo pudiera anunciar al visitante, Enrique Saldívar apareció en el umbral del comedor.

Leticia se sobresaltó, dejando caer su servilleta de hilo sobre el regazo. Rodolfo, por su parte, endureció el gesto, apretando los cubiertos con una fuerza que hizo que sus nudillos palidecieran.

— ¡Enrique! Querido, ¡qué grata sorpresa! —exclamó Leticia, recuperando su máscara de anfitriona perfecta con una rapidez asombrosa, aunque su voz delataba un hilo de nerviosismo— Realmente es un gusto tenerte aquí. Estábamos comentando con Rodolfo que hace mucho tiempo, meses diría yo, que no vienes a comer con nosotros de esta forma tan espontánea.

Enrique no respondió de inmediato. Permaneció allí, de pie, proyectando una sombra distorsionada sobre el suelo de parqué. No se parecía en nada al heredero impecable que solía frecuentar sus salones. Su chaqueta de lana cara estaba mal abotonada y arrugada, su camisa blanca mostraba manchas de barro en los puños y su cabello, habitualmente engominado con rigor, caía en desorden sobre su frente, dándole un aire de náufrago urbano. Sus ojos, inyectados en sangre, recorrieron la habitación con una fijeza que helaba la sangre.

— Gracias, Leticia —respondió Enrique con una voz ronca, casi irreconocible, cargada de una ironía que la mujer no supo interpretar— Aceptaré la invitación de sentarme, aunque me temo que mi apetito se ha quedado en algún lugar de la carretera.

— Por favor, toma asiento —insistió Leticia, haciendo una seña urgente a la empleada— ¡María! Trae otro servicio para el señor Saldívar de inmediato. Y sirve un poco más de vino. Enrique, nos tenías muy abandonados.

Enrique se dejó caer en la silla frente a Leticia, ignorando por completo la presencia de Rodolfo, quien lo observaba como un espectador que asiste a una tragedia anunciada.

— ¿Abandonados? —Enrique soltó una risa seca, un sonido áspero que cortó el aire— Oh, señora Valente, no se preocupe por eso. Le aseguro que eso va a cambiar a partir de hoy. Pronto voy a venir cada vez más seguido. De hecho, me temo que se cansarán de ver mi rostro por estos pasillos. Nuestra convivencia está a punto de volverse... mucho más estrecha.

Leticia sonrió de forma forzada, intentando ignorar el tono amenazante tras el sarcasmo.

— Eso sería encantador, Enrique. Siempre hemos dicho que esta es tu casa.

— Gracias, Leticia —respondió Enrique con una voz ronca, casi irreconocible— Usted siempre me trata como una madre.

Enrique se dejó caer en la silla frente a Leticia, ignorando por completo la presencia de Rodolfo, quien lo observaba con una mezcla de sospecha y repugnancia. Enrique estaba convencido de que Matilde, tras ser abandonada en el sendero, regresaría por sus propios medios a la universidad, pero la rabia de haber sido golpeado por ella le quemaba las entrañas más que el propio tajo en la piel. Había venido a liquidar las cuentas con los Valente de una vez por todas.

Enrique siseó de dolor cuando el alcohol penetró en el corte. Miró fijamente a Rodolfo, ignorando a la mujer que lo atendía.

— Debería de preocuparse más por el carácter de su hija que por mi salud, señora —soltó Enrique— Fue Matilde. Su propia hija fue quien me realizó este golpe.

La mano de Leticia se detuvo en el aire. Sus ojos buscaron los de Enrique, buscando una señal de broma, pero solo encontró odio.

— ¿Matilde? —balbuceó Leticia— No… no puede ser. Matilde es una joven educada, incapaz de levantarle la mano a nadie, y mucho menos a su prometido. No creo que ella sea capaz de algo así. Debe haber una confusión.

— ¡Oh, sí que es capaz! Es muy capaz —rugió Enrique, apartando finalmente la mano de Leticia y poniéndose de pie, dejando la gasa manchada de sangre sobre el mantel blanco— Realmente usted no conoce los alcances de su hija, señora Valente. Esa mujer que ustedes criaron como una santa tiene un fuego dentro que no dudaría en quemarlos a todos. Me atacó con una piedra en medio del bosque, como una salvaje.

Esta vez, Rodolfo no pudo contenerse más. Se levantó con una lentitud amenazante, encarando a su yerno.

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