CAPÍTULO 48
— Y dime, Enrique… ¿Qué le hiciste tú a mi hija para que ella reaccionara de ese modo? —preguntó Rodolfo con una voz que temblaba de una rabia que no era maternal, sino protectora de su propia sangre—. Conozco a Matilde. Sé que no golpearía a nadie a menos que se viera acorralada. ¿Qué pasó en ese coche? ¿Qué pasó en el lago?
— ¡Rodolfo! —exclamó Leticia, tratando de mediar— No hables así. Enrique está herido.
— ¡No intentes protegerla, Rodolfo! —Enrique se encaró con su suegro, su rostro a escasos centímetros del de él— Una dama de bien, una Valente auténtica, no se comporta de esta forma. Al menos no alguien con sentido común. Pero, ¿qué se puede esperar de una familia que quiere vender a su hija al mejor postor en cuanto aparece alguien con una billetera más grande?
Rodolfo apretó los puños.
— Tú no eres quién para hablar de honor, Enrique. Te vi anoche.
— ¡Ustedes me mintieron! —gritó Enrique, golpeando la mesa y haciendo que las copas de cristal vibraran— Me mintieron a la cara. Matilde y ese nuevo millonario, ese Augusto de la Vega, ya se conocían. Esa cena en esta casa no fue la primera vez.
Leticia parpadeó, confundida.
— ¿De qué hablas, Enrique? Mi marido trajo a ese hombre para presentarnos como un inversor. Tú estuviste presente en esa cena, viste que eran extraños…
— ¡Mentira! —replicó Enrique con una risa estridente y malvada— Matilde ya conocía a ese hombre desde hace mucho tiempo atrás. Tengo mis fuentes que lo confirman. Han estado engañándome durante años. Mientras yo mantenía sus negocios, ella se veía con ese muerto de hambre que ahora juega a ser millonario. No es tan buena prometida como todos ustedes afirman. Es una mentirosa, igual que su padre.
La mención de que Matilde y Augusto tenían un pasado previo a la cena confirmaba sus nuevas intenciones: esta vez su hija se casaría. Su instinto de supervivencia fue más rápido que su sorpresa.
— Ya me cansé de tus delirios, Enrique —sentenció Rodolfo— Si Matilde reaccionó así, es porque finalmente se dio cuenta de la clase de hombre que eres. He recibido ofertas mejores. Augusto de la Vega quiere la mano de mi hija, y él tiene el capital para limpiar cada una de mis deudas. Te pagaré todo lo que te debo hasta el último centavo, y romperemos este compromiso hoy mismo. Ustedes dos no funcionan como pareja, y yo no voy a hundir a mi hija en tu naufragio personal.
Enrique soltó una carcajada que heló la sangre de los presentes. Era una risa desprovista de toda alegría, una risa de locura pura.
— ¿Prisión? Enrique, por favor, somos familia…
— ¡Cállese, señora! —la cortó Enrique sin mirarla— Tengo pruebas de tus corrupciones, Rodolfo. Sé exactamente qué barcos declaraste como hundidos para cobrar el seguro mientras los vendías en el mercado negro del sur. Tengo los documentos de los sobornos a los inspectores del puerto. Un solo movimiento de mi mano, una sola llamada al juez, y Navieras Valente desaparece y tú te pudres en una celda.
El silencio que siguió fue absoluto. Rodolfo Valente se dejó caer en su silla, con el rostro grisáceo. Los secretos que creía enterrados bajo capas de burocracia estaban en manos del hombre al que acababa de despreciar. Enrique lo tenía acorralado.
Enrique se ajustó la chaqueta, recobrando una compostura aterradora. Se limpió el último rastro de sangre de la frente con el dorso de la mano y miró a Leticia con una sonrisa gélida.
— Gracias por curarme, señora Valente. Siempre ha sido usted una mujer muy atenta —dijo con una cortesía que sonaba a burla— Disfruten de su almuerzo. Yo tengo una boda que organizar. Y Rodolfo… recuerda: quince días. Ni un minuto más. O el anillo en el dedo de tu hija, o los grilletes en tus pies. Tú eliges.
Enrique se dio la vuelta y salió del comedor. Leticia rompió a llorar, ocultando el rostro en sus manos, mientras Rodolfo se quedaba mirando su plato de comida fría, dándose cuenta de que, en su afán por vender a su hija, había terminado vendiendo su propia vida a un monstruo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.