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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 472

CAPÍTULO 61

— Augusto, no puedes sacarme de mis clases con cualquier excusa —le dijo Matilde, acercándose a él con una risa nerviosa y divertida— Ya casi terminamos este semestre. Es mi último semestre, Augusto. Mi graduación está tan cerca que casi puedo sentir el diploma en mis manos. No puedo permitirme faltar a las tutorías.

Augusto la tomó de la mano, entrelazando sus dedos con una firmeza que transmitía una seguridad absoluta. La guio hacia la puerta del copiloto.

— Entonces considéralo un regalo adelantado por la graduación —respondió él, su voz era un barítono suave que hizo que a Matilde se le erizara la piel— Los diplomas son importantes, Matilde, pero hoy hay algo mucho más urgente que requiere tu atención. Te necesito para cerrar esta negociación.

— No, no vale —le reprochó ella mientras subía al coche, aunque su mirada decía lo contrario— No se pueden entregar regalos por adelantado. Es de mala suerte, o al menos eso dice mi madre. Aún no me he graduado.

Augusto cerró la puerta y rodeó el coche para sentarse al volante. Puso el motor en marcha y salieron del recinto universitario, dejando atrás la burbuja de los libros y los pinceles. Mientras conducía por la carretera que bordeaba la ciudad, Augusto no soltó la mano de Matilde.

— Mira el camino —le advirtió ella, apretando sus dedos contra los de él— Vas demasiado rápido para alguien que lleva una carga tan preciada.

— Conozco cada curva de este camino, Matilde —dijo él, lanzándole una mirada cargada de una devoción que la dejó sin aliento—. Y he esperado tantos años para tenerte aquí, a mi lado, sin que nadie nos persiga. Estoy nervioso.

Después de veinte minutos de trayecto, se desviaron por un camino privado flanqueado por cipreses centenarios. Al final del sendero, se alzaba una propiedad imponente. Era una mansión de piedra blanca, con grandes ventanales y balcones de hierro forjado que miraban hacia el valle. La propiedad era magnífica, rodeada de jardines que parecían sacados de un sueño, y era, sin duda, mucho más grande y majestuosa que la casa donde Matilde había crecido.

Augusto estacionó frente a la entrada principal y bajó rápidamente para abrirle la puerta a ella.

— Ven, quiero enseñarte la propiedad —dijo Augusto, ofreciéndole el brazo con una caballerosidad que Matilde aceptó, sintiendo que el corazón le martilleaba en el pecho.

Caminaron por el vestíbulo de mármol, donde la luz del sol se filtraba a través de una inmensa claraboya en el techo. Las estancias estaban vacías, pero emanaban una calidez que la mansión de los Valente nunca había tenido. Augusto la guió hacia un ala de la casa que daba directamente al jardín trasero. Entraron en un salón inmenso, con techos altísimos y paredes desnudas que esperaban ser decoradas.

— Este salón es muy luminoso —susurró Matilde, recorriendo el espacio con los ojos brillantes— Mira cómo entra la luz del mediodía por esos ventanales. Aquí podría ser mi estudio, Augusto. Sería el lugar perfecto para pintar mis lienzos de gran formato.

Augusto se detuvo a su lado, observando la habitación a través de los ojos de ella.

— Si así lo quieres, así será, Matilde. Este espacio será sagrado. Nadie entrará aquí sin tu permiso. Ni siquiera yo.

Matilde se giró hacia él, con una mezcla de asombro y timidez.

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