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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 473

CAPÍTULO 62

Elena Duval pasó la noche entera en vela, habitando las sombras de la sala mientras aguardaba una señal de su amiga. Clara no volvió hasta casi el mediodía del día siguiente.

— Al fin llegas —dijo Elena, su voz sonando como un susurro cargado de veneno—. Empezaba a pensar que Carlos te había secuestrado o que habías decidido mudarte definitivamente a ese hotel.

Clara sonrió, ignorando el tono cortante de su amiga. Se acercó a la mesa, moviendo su mano izquierda con una frecuencia exagerada, dejando que la luz golpeara el zafiro para que Elena lo notara. Se arregló el cabello, se alisó el vestido azul, hizo mil gestos para que la joya fuera el centro de atención. Estaba viviendo su propio sueño y, por un momento, quería que su "hermana de vida" fuera parte de él.

— Fue una noche larga, Elena —respondió Clara con una voz suave— Una noche que cambió mi vida.

Elena, sin embargo, no miraba las manos de Clara. Sus ojos buscaban algo más, algo que pudiera usar como moneda de cambio en su guerra contra los Valente.

— No me hables de cambios de vida románticos, Clara. No tengo tiempo para eso —espetó Elena, poniéndose de pie de un salto— Dime qué descubriste. ¿Entraste en el estudio? ¿Viste los papeles del banco? Carlos te dijo que Augusto estaba preparando un movimiento final. Necesito saber qué hay en esas carpetas. ¿Encontraste algún papel importante? ¿Alguna debilidad que podamos usar?

Clara bajó la mano, sintiendo que el brillo de su anillo se opacaba ante la frialdad de Elena. La decepción la golpeó con la fuerza de una marea fría. Se dio cuenta, con una claridad dolorosa, de que a su amiga no le importaba en lo más mínimo su bienestar, su futuro o su alegría. Para Elena, ella no era una amiga, era solo una espía infiltrada en el campo enemigo.

— ¿No vas a preguntarme cómo estoy? —preguntó Clara, su voz vibrando con una indignación que empezó a arder en su pecho— ¿No ves nada diferente en mí, Elena?

Elena soltó una risa impaciente, apagando el cigarrillo en un plato de porcelana.

— Clara, por favor, no seas tan melodramática. Estás radiante, sí, supongo que el asistente de De la Vega sabe cómo tratar a una mujer en la cama. Pero estamos hablando de cosas serias. Estamos hablando de Augusto. ¿Viste los documentos de la deuda de los Valente o no?

Clara sintió que algo se rompía definitivamente dentro de ella. La lealtad que había jurado a Elena durante años, basada en la supervivencia compartida, empezó a evaporarse.

— Elena, solo estás interesada en ti misma y en tus ambiciones —dijo Clara, alzando la voz por primera vez en años— Carlos ayer me ha propuesto casamiento. Se arrodilló en medio del restaurante, frente a todos, y me dio este anillo. ¡Dije que sí! ¡Me voy a casar, Elena! Quería compartir mi felicidad contigo, quería que celebraras conmigo que finalmente alguien me ve como una mujer digna de un hogar, y a ti no te importa. Ni siquiera has mirado el anillo.

Elena arqueó una ceja, lanzando una mirada fugaz y despectiva a la joya de Clara.

— ¿Un diamante? Es lindo, supongo. Pero Clara, por favor, no empieces con cursilerías. ¿Casarte con un asistente? Estás desperdiciando tu potencial. No puedes comparar a esos dos hombres. Augusto de la Vega es un rey; Carlos es solo el hombre que le sostiene la corona. Si me ayudas a tener a Augusto, tú podrías tener mucho más que un anillo de segunda categoría.

— No estoy comparando nada, Elena —replicó Clara, dando un paso hacia ella con una determinación que sorprendió a la actriz— Carlos me ama. Me mira con respeto, me ofrece un nombre y una vida honesta. Augusto, en cambio, no quiere saber nada de ti. Te utilizó, te dejó en la puerta de la subasta como a un objeto viejo. ¿No lo entiendes? El juego se terminó para ti.

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