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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 474

CAPÍTULO 63

— No creo que sea una buena idea que entres ahí, Matilde —dijo Augusto, su voz cargada de una preocupación protectora— Ya estuve aquí ayer. Hablé con tu padre y la respuesta no fue precisamente la que esperarías de un hombre cuyas deudas acaban de ser borradas. Hay un recelo que no me gusta, una sombra que Enrique ha dejado sobre ellos.

Matilde, que llevaba el anillo de la madre de Augusto brillando con una honestidad humilde en su dedo, se giró hacia él. Sus ojos, aunque cansados por las emociones del día, tenían una chispa de determinación que Augusto no había visto en los últimos tres años.

— Tengo que hacerlo, Augusto —respondió ella con firmeza— No puedo empezar nuestra vida juntos huyendo de mis padres. Necesito hablar con ellos, decirles cara a cara que he tomado una decisión.

Augusto suspiró, inclinándose para darle un beso rápido en la sien.

— Sabes que la opinión de ellos no me importa, Matilde. Si ellos no me aceptan, si deciden que su orgullo vale más que tu felicidad, a mí me da igual.

— A mí tampoco me importa su aprobación —replicó ella con una sonrisa agridulce— Quiero hacer las cosas bien.

Matilde bajó del coche y caminó hacia la entrada. Una de las empleadas, María, se acercó a ella con paso apresurado y el rostro compungido.

— Señorita Matilde, gracias a Dios que ha vuelto.

— ¿Dónde están mis padres, María? —preguntó Matilde, quitándose la estola de piel.

— Su padre está encerrado en su estudio desde esta mañana, no ha querido recibir a nadie. Y la señora Leticia… bueno, ha estado en cama toda la semana, dice que los nervios la están matando. Casi no ha probado bocado.

Matilde asintió, sintiendo una mezcla de lástima e irritación. Su madre siempre usaba la enfermedad como escudo contra la realidad. Decidió que el enfrentamiento más duro debía ser el primero. Caminó hacia el estudio de su padre, golpeando la puerta con tres toques secos antes de entrar sin esperar respuesta.

Rodolfo Valente estaba sentado tras su escritorio y al ver a su hija, no se levantó. Su rostro se veía envejecido, con ojeras profundas y una amargura que le surcaba la frente.

— Matilde —dijo él, su voz era un hilo de cansancio— Me han dicho que has estado con él. Con De la Vega.

— He roto el compromiso con Enrique, padre —sentenció Matilde, plantándose en el centro de la habitación— He venido a decirte que ya no hay marcha atrás. Pensé que, sabiendo que Augusto ha liquidado tus deudas, esto te haría feliz. Eres un hombre libre de nuevo.

Rodolfo golpeó la mesa con la palma de la mano, pero el gesto no tuvo la fuerza de antaño. Fue un golpe seco, desesperado.

Rodolfo se hundió en su silla, cubriéndose el rostro con las manos.

— Enrique no se detendrá, Matilde. Si no hay boda, hablará con el fiscal. Me destruirá.

— Augusto no lo permitirá —replicó ella— Lo que Enrique hago o deje de hacer no está relacionado conmigo padre. No voy a cambiar de opinión.

Rodolfo alzó la cabeza de golpe. Sus ojos brillaron con una luz maliciosa, una mezcla de sospecha y resentimiento.

— Entonces es cierto… —susurró el padre— Es cierto lo que dice Enrique. Mantuvieron un noviazgo oculto con ese hombre durante todo este tiempo. Por eso aplazaste tanto ese matrimonio, por eso cada vez que poníamos una fecha encontrabas una excusa. Te has estado burlando de nosotros, Matilde. Te has estado viendo con ese… ese camarero a nuestras espaldas.

Matilde sintió una punzada de dolor, pero prefirió no responder. No iba a rebajarse a explicarle a su padre cómo nació su amor.

— Piensa lo que quieras, padre —dijo Matilde, dándose la vuelta— Vine a comunicarle mi decisión por respeto a mis padres.

Salió del estudio sin mirar atrás, ignorando los gritos de su padre llamándola.

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