CAPÍTULO 64
Matilde conocía perfectamente la reacción que encontraría. Leticia, a diferencia de Rodolfo usaba el martirio, los nervios quebrados y la culpa como un látigo invisible. Probablemente, su respuesta sería una réplica exacta de la negativa de su padre.
A pesar del rechazo que sentía por la mentalidad de su madre, Matilde no podía marcharse sin verla.
Entró en la habitación con cautela. La estancia estaba sumida en la oscuridad; Leticia estaba recostada en la inmensa cama, envuelta en un camisón de encaje que la hacía parecer una figura de cera. Matilde se acercó al borde de la cama. Sabía, por la rigidez de sus hombros y la respiración controlada, que su madre tenía los ojos cerrados pero no estaba dormida.
Matilde la observó en silencio durante un largo rato. Se fijó en las arrugas finas alrededor de sus ojos, en la palidez de sus manos cruzadas sobre el pecho y en la amargura que parecía haberse instalado en las comisuras de sus labios. Hubo un tiempo en que Matilde admiraba esa elegancia imperturbable, pero hoy solo veía una armadura que ocultaba un vacío inmenso.
Finalmente, fue Leticia quien decidió romper el silencio, sin abrir los ojos, con una voz que sonaba como el crujir de un papel viejo.
— ¿Matilde? ¿Qué haces aquí? —preguntó Leticia, con un tono cargado de una fatiga fingida— Si de todas maneras nunca me hiciste caso... ¿A qué has venido? ¿A ver el resultado de tu obra?
Matilde suspiró y se sentó en la banqueta a los pies de la cama.
— He venido a decirte que estoy bien, madre. Y a despedirme, supongo.
Leticia abrió los ojos lentamente. Su mirada no contenía ternura, sino un reproche gélido que atravesó a Matilde como una aguja.
— ¿Bien? —Leticia soltó una risa amarga que terminó en una tos seca— Me estás matando, Matilde. Literalmente. Siento que mi corazón se detiene cada vez que escucho un rumor sobre ti y ese hombre en la ciudad. Me vas a matar, y lo peor es que no te importa. Te da igual que el apellido de tu padre se arrastre por el barro con tal de satisfacer tus caprichos de niña rebelde.
— Madre, sabes que eso no es así —respondió Matilde, tratando de mantener la calma— No quiero hacerte daño, pero tampoco puedo seguir viviendo una mentira para salvar las apariencias de una familia que ya no tiene nada que aparentar. Y tú también sabes la verdad, aunque te niegues a verla: Enrique no me quiere. Nunca me ha querido.
— ¡El amor es una invención de los poetas y de las mujeres sin nada que hacer! —espetó Leticia, incorporándose ligeramente sobre las almohadas de seda— Enrique es un Saldívar. Te ofrecía una posición, un escudo, un lugar en el mundo donde nadie se atrevería a cuestionarte. Acepté mi matrimonio con tu padre, y míranos aun permanecemos juntos.
Matilde la miró con una chispa de curiosidad dolorosa.
— ¿Tú crees que yo no sé eso, madre? Sé que no te casaste por amor. He visto las fotos de tu boda, pareces una extraña al lado de papá.
— Sí, mamá —respondió Matilde con una firmeza que hizo que Leticia retrocediera— Me casaré con él. No porque sea rico, aunque sé que eso es lo único que a papá le importa ahora. Me casaré con él porque es el único hombre que me ha visto de verdad, que me ha respetado y que me ha demostrado amor.
Leticia cerró los ojos y se dejó caer hacia atrás en la cama, como si hubiera recibido un impacto físico. Guardó silencio durante lo que pareció una eternidad, mientras el reloj del pasillo marcaba los segundos de una separación definitiva.
— Está bien —dijo Leticia finalmente. Su voz ya no era de mártir; era una voz de acero, despojada de cualquier rastro de afecto maternal— Haz lo que quieras. Vete con ese hombre. Pero escúchame bien, Matilde Valente, porque estas serán las últimas palabras que escuches de mi boca.
Matilde contuvo la respiración, sintiendo un frío glacial recorriéndole la espalda.
— No vuelvas a esta casa cuando todo se te derrumbe —sentenció Leticia, clavando sus ojos en los de su hija con una crueldad absoluta— Porque se derrumbará. Los hombres como De la Vega no saben mantener su riqueza, y dudo que se trate de amor. Y cuando se canse de tu belleza y de tu arte, cuando se dé cuenta de que no puede comprar el respeto que nuestro apellido tenía, te descartará como a un mueble viejo. Y ese día, no busques esta puerta. No busques mi consuelo. Para mí, a partir de este instante, no tengo hija. No quiero saber nada más de ti.
Matilde sintió que algo se desgarraba en su interior, una herida que sabía que nunca sanaría del todo. La madre que debía ser su puerto seguro acababa de hundir el barco antes de que pudiera zarpar.
— Adiós, madre —susurró Matilde, con la voz quebrada pero los ojos secos.

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