CAPÍTULO 65
Elena apretó los dientes, sintiendo cómo el resentimiento le subía por la garganta. Clara nunca le había hablado con la firmeza y el desprecio con que lo hizo la noche anterior. Siempre había sabido cómo manipularla, cómo usar su inseguridad y su pasado compartido para mantenerla bajo su ala, pero el anillo de zafiro de Carlos lo había cambiado todo.
— Ingrata —susurró Elena al aire vacío— Crees que puedes borrar veinte años con un anillo de compromiso.
Elena esperó unos minutos para asegurarse de que Clara no regresaría por algún olvido. Se puso una bata de seda y, con la determinación de un depredador, se dirigió a la habitación de su amiga. Nunca antes había cruzado ese umbral con intenciones hostiles, pero hoy, el instinto le decía que Clara le ocultaba algo más que una simple propuesta de matrimonio.
Clara debería de tener algo en su habitación. No era posible que hubiera pasado toda la noche en el estudio de esos hombres y solo hubiera traído un anillo. Elena conocía la mirada de Clara: estaba demasiado nerviosa, demasiado evasiva respecto a lo que vio en ese despacho.
Elena entró y comenzó a buscar. Revolvió los cajones de la cómoda, tirando al suelo la ropa interior y los sencillos pañuelos de algodón. Miró bajo el colchón, entre las páginas de los libros. No buscaba joyas; buscaba una prueba. Buscaba la debilidad que Augusto de la Vega.
Finalmente, tras casi dos hora de búsqueda frenética, sus dedos tocaron algo inusual. En la parte posterior de un pequeño armario empotrado, oculto tras el forro de una maleta vieja, había un sobre de papel marrón, grueso y sellado.
Elena lo tomó con manos temblorosas. Al abrirlo, sus ojos se dilataron. Dentro no había cartas de amor, sino documentos legales, actas notariales y un testamento.
— Así que aquí está el secreto del gran magnate —murmuró Elena, sentándose en el borde de la cama de Clara.
Empezó a leer con voracidad. Eran documentos procedentes de una notaría extranjera. El contenido revelaba la procedencia de una inmensa herencia otorgada a Augusto de la Vega tres años atrás. Lo que llamó la atención de Elena no fue la cantidad astronómica de dinero sino el nombre del donante. La persona que le había heredado esa fortuna, permitiéndole empezar su meteórico ascenso en el mundo de las finanzas, no tenía ninguna relación de sangre con él.
Augusto no se había hecho a sí mismo únicamente con esfuerzo y sudor, como le gustaba pregonar. Había habido un padrino, un benefactor oculto cuyas conexiones eran, cuanto menos, cuestionables ante la ley. Elena sabía perfectamente quién era la persona con la que tenía que hablar para validar el peso de este hallazgo.
Sin perder un segundo, Elena salió de la habitación de Clara y se dirigió al teléfono del salón. Sus dedos marcaron el número de la mansión Saldívar con una rapidez maníaca.

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