CAPÍTULO 66
Matilde tocó la puerta de la habitación de hotel que Carlos y Augusto compartían como oficina, el suave murmullo de la conversación entre ellos se detuvo en seco.
Matilde todavía vestía la misma ropa del día anterior, pero su porte era diferente. Augusto se puso en pie de inmediato y sus ojos recorrieron el rostro de ella, buscando rastros de daño físico tras el encuentro con sus padres.
— Matilde —dijo él, su voz era un bálsamo que llenó el espacio entre ambos.
Ella caminó hacia él y, sin importar la presencia de Carlos, se refugió en su pecho. Augusto la rodeó con sus brazos con una fuerza que pretendía reconstruir todo lo que sus padres habían intentado romper. Matilde comenzó a relatar lo ocurrido, con una voz quebrada. Le contó la frialdad de su padre, su obsesión con las deudas y las amenazas de Enrique sobre la cárcel. Le contó, sobre todo, el destierro definitivo de su madre, Leticia, y cómo le había prohibido volver a cruzar la puerta de su casa si las cosas salían mal.
Augusto escuchaba en silencio, con la mandíbula apretada. No se sorprendió. Conocía demasiado bien la calaña de la que estaban hechos Rodolfo y Leticia Valente.
— No me sorprende, Matilde —dijo Augusto cuando ella terminó, separándose apenas unos centímetros para mirarla a los ojos— He visto a hombres vender su alma por menos de lo que tu padre debe al banco. Y he visto a mujeres como tu madre preferir el mármol frío de una tumba aristocrática antes que la calidez de una vida real. Pero ya no importa. Te lo dije en el coche y te lo repito ahora: su opinión ha dejado de tener peso en nuestra realidad.
Augusto se giró hacia el ventanal, observando el horizonte de la ciudad donde Enrique Saldívar seguía creyendo que tenía quince días para reclamar a su presa. Una idea, audaz y definitiva, se plantó en su mente con la fuerza de un decreto.
— Enrique cree que el tiempo juega a su favor —comenzó Augusto, volviéndose de nuevo hacia ella con una chispa de fuego en la mirada— Cree que tiene dos semanas para presionarte, para chantajear a tu padre y para usar la presión social contra ti. Matilde… casémonos hoy. Ahora. Solo nosotros.
La idea de una boda inmediata, sin las flores blancas de la catedral, sin el desfile de hipócritas de la alta sociedad y sin el vestido de diseñador que su madre tanto había custodiado, le pareció en un primer momento una locura. Pero luego, recordó el anillo de la madre de Augusto en su dedo. Su futuro con Augusto era lo único que importaba.
Matilde sonrió, una sonrisa que iluminó la penumbra de la suite.
— Sí —respondió ella— Casémonos lo más pronto posible. No quiero que el mundo tenga ni un solo segundo más para intentar separarnos.
Augusto sintió un torrente de triunfo y alivio. Se giró hacia Carlos, que observaba la escena desde el escritorio con una mezcla de asombro y admiración leal.
— Carlos, ¿serás nuestro testigo? —preguntó Augusto.
Carlos se puso de pie, ajustándose la chaqueta con una sonrisa honesta que rara vez mostraba.
— Por supuesto, Augusto. Sería un honor. He visto cómo has levantado este imperio piedra por piedra solo para este momento. No me perdería el final de la obra por nada del mundo.
Matilde, sin embargo, sintió una punzada de necesidad de compartir esto con la única persona que no la había juzgado en la universidad.
— Tengo que volver a la residencia —dijo Matilde— Tengo que contarle a Teresa. Ella ha sido mi único apoyo estos años, me ha guardado los secretos, me ha ayudado a no volverme loca. Quiero que ella esté allí, que sea mi testigo también.
Cuando el juez los declaró marido y mujer, Augusto besó a Matilde con una suavidad que prometía una vida entera de cuidados.
— Señora de la Vega —susurró él contra sus labios.
— Esposo mío —respondió ella, sintiendo que el peso de la eterna prometida se evaporaba para siempre.
Carlos condujo el coche hacia la propiedad del valle. Al llegar a la verja de hierro, Augusto le pidió a Carlos que los dejara allí. Quería entrar caminando.
Augusto tomó a Matilde de la mano. Caminaron por el sendero de piedra hasta la gran puerta de la mansión. Augusto sacó la llave y, antes de abrir, se giró hacia ella.
— Bienvenida a casa, Matilde.
Abrió la puerta y la cargó en brazos para cruzar el umbral, siguiendo la vieja tradición. Al entrar, Matilde vio que el salón estaba amueblado con una elegancia exquisita, pero lo que la hizo llorar de alegría fue ver su caballete, sus pinceles y su cuadro del mar tormentoso ya colgado en el lugar de honor del estudio.
— Es nuestro hogar —dijo Matilde, abrazándolo por el cuello— Soy muy feliz.
— Y el inicio de nuestra vida juntos —añadió Augusto.

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