CAPÍTULO 77
Augusto se había encargado de que la fiesta de graduación fuera un homenaje a la nueva vida de su esposa.
— Mírala, Carlos —susurró Augusto, con una nota de ternura que rara vez permitía que se filtrara en su voz de negocios— Nunca pensé que vería a una Valente tan feliz siendo una De la Vega.
— Se lo merece, Augusto —respondió Carlos, tratando de forzar una sonrisa—. Ha luchado mucho para llegar a este día. Todos lo hemos hecho.
Augusto le dio una palmada en el hombro.
— Relájate, amigo. Esta noche es para celebrar. En unos minutos lanzaremos los fuegos artificiales que mandé traer. Será el cierre perfecto para su graduación. Mañana volveremos al trabajo, pero hoy… hoy el mundo es nuestro.
Matilde subió las escaleras de la terraza, con las mejillas encendidas por el vino y la alegría. Se acercó a su marido y le rodeó la cintura con el brazo.
— Es una fiesta maravillosa, Augusto —dijo ella, apoyando la cabeza en su hombro— El profesor Méndez está encantado con el estudio que me preparaste. Dice que es la envidia de cualquier academia. Gracias por hacer que este día sea real.
— Te daría el sol si supiera cómo colgarlo en tu jardín, Matilde —respondió él, besándola frente a todos, desafiando cualquier rastro de la antigua timidez de ella.
La orquesta empezó a tocar un jazz suave, de ritmos sincopados que invitaban al baile. Los invitados empezaron a moverse hacia la pista improvisada en el césped. Todo era perfecto. El aroma de las gardenias se mezclaba con el de la brisa fresca del valle. Augusto miró su reloj; era casi la hora. Hizo una señal discreta a uno de los empleados para que preparara la pirotecnia.
Pero los fuegos artificiales nunca llegaron a iluminar el cielo.
En lugar de los estallidos de color, lo que rompió el hechizo de la noche fue un sonido estridente y discordante: el rugido de varios motores y sirenas acercándose a gran velocidad por el camino. Los invitados se detuvieron, confundidos. Matilde se tensó, aferrándose al brazo de Augusto.
— ¿Esperas a alguien más? —preguntó ella, con un repentino presentimiento que le heló la sangre.
Augusto entrecerró los ojos.
La música se detuvo de forma errática.
Un hombre de unos cincuenta años, con una placa de inspector de la policía nacional brillando en su solapa, subió los peldaños de la terraza.
— ¿Señor Augusto de la Vega? —preguntó el hombre con una voz que sonó como un veredicto.
Augusto dio un paso al frente, interponiéndose entre la policía y Matilde. Su rostro recuperó de inmediato la máscara del magnate implacable.
— Yo soy. ¿A qué se debe esta interrupción en mi propiedad privada?
— Tenemos una orden judicial de registro y detención —declaró el inspector, sacando un documento sellado de su maletín— Augusto de la Vega y Carlos Mendoza, quedan ustedes bajo arresto.
Un murmullo de horror recorrió la terraza. Matilde soltó un grito ahogado, llevándose las manos al pecho.

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