Capítulo 49
- Buenos días -dijo Alexander con voz gélida-.
Alexander De la Vega. Soy el esposo.
Marcó las palabras con precisión quirúrgica. El esposo. El dueño.
Luis no retrocedió. Sostuvo el apretón y la mirada.
- Buenos días. Luis... soy el amigo -respondió él.
El subtexto fue brutal. Alexander decía "tengo el título legal". Luis respondía "yo tengo su confianza y su afecto".
Los hombres no se podían quitar los ojos del uno al otro. Era un duelo silencioso de testosterona en medio de una recepción con olor a lavanda.
Lucía, notando que la temperatura de la sala estaba bajando a niveles polares, aplaudió una vez para romper el trance.
- Bien. Vamos al recorrido. Luis, por favor, atiende a la señora del gato que llega en cinco minutos. Yo me encargo de mi familia.
Alexander soltó la mano de Luis con lentitud, sin dejar de mirarlo hasta que el otro hombre se retiró hacia el consultorio.
- Por aquí -indicó Lucía.
Les mostró las instalaciones. Pasaron por la sala de rayos X, el laboratorio de análisis clínicos, los caniles de recuperación y el quirófano de última generación.
- No es la Torre Vega -bromeó Lucía, abriendo la puerta de la sala de cirugía-, pero estamos muy bien equipados. Tenemos tecnología que ni siquiera algunos hospitales de personas tienen en esta zona.
Augusto estaba impresionado. Asentía, tocando los equipos, preguntando precios y estadísticas de pacientes. Como buen hombre de negocios, reconocía una operación eficiente cuando la veía.
- Impresionante -admitió el abuelo-. Muy impresionante. La gestión de recursos se ve impecable.
Se giró hacia Alexander y le dio una palmada en la espalda.
- Me encanta que mi nieto te apoye en esto, Lucía. Se nota que hubo una inversión fuerte aquí.
Alexander, te felicito. Al menos gastas el dinero en cosas útiles y no solo en coches deportivos.
Alexander abrió la boca para aceptar el cumplido, para decir "gracias", como hubiera hecho en cualquier otra situación para quedar bien. Era lo fácil. Era lo que se esperaba.

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