Entrar Via

Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 50

CAPÍTULO 26

Augusto golpeó el suelo con su bastón, rompiendo el momento de silencio reflexivo tras la revelación de que Lucía había construido todo sola.

— Bueno —anunció el patriarca con voz tronante—, ver tanta eficiencia y tanto bisturí me ha abierto el apetito. Y mi reloj biológico dice que ya es hora de almorzar.

Matilde miró a su esposo con una sonrisa indulgente.

— Augusto, acabamos de desayunar hace tres horas.

— Eso fue un trámite, mujer. Ahora hablo de comida de verdad. —Se giró hacia Alexander y Lucía—. Propongo que vayamos todos a almorzar juntos. Hace años que no voy al puerto. Extraño el olor a sal y a pescado fresco del Muelle 14. ¿Sigue abierto ese lugar, Alexander?

Alexander asintió, saliendo de su ensimismamiento.

— Sigue abierto, abuelo. Aunque ahora es un sitio mucho más exclusivo que cuando tú ibas. Hay que reservar con semanas de antelación.

— Bah, reservas. Soy Augusto De la Vega. La reserva soy yo. —Miró a Lucía—. ¿Vienes con nosotros, querida? No acepto un no por respuesta. Quiero celebrar tu éxito empresarial.

Lucía miró su reloj y luego hacia el pasillo donde Luis había desaparecido. Tenía planes. Tenía una promesa sagrada con Mateo y Sofía. Pero decir que no al abuelo en ese momento, después de cómo la había defendido, parecía imposible.

— Yo... —dudó ella—. No sabría cómo decir que no. Me encantaría, Augusto. Pero estoy con ropa de trabajo. No puedo ir al puerto oliendo a desinfectante.

— Te esperamos —dijo Alexander rápidamente. Su voz sonó extrañamente ansiosa—. Sube a cambiarte. Nosotros esperamos aquí abajo. O mejor... te acompaño.

Lucía lo miró, sorprendida.

— ¿Me acompañas?

— Sí. —Alexander se metió las manos en los bolsillos, intentando parecer casual—. Mencionaron que esta era la antigua casa de los abuelos. Tengo curiosidad de recorrer la planta alta.

Matilde aplaudió suavemente.

— Oh, sí, ve, Alexander. La habitación principal tiene una vista preciosa al jardín trasero.

Lucía suspiró, sabiendo que estaba acorralada.

— Está bien. Vamos. No tardaré más de diez minutos. —Miró a Alina, que estaba en el mostrador fingiendo no escuchar—. Alina, te quedas a cargo. Cualquier cosa me llamas.

— Vayan tranquilos —respondió Alina, guiñándole un ojo—. Disfruten del puerto.

Lucía y Alexander subieron las escaleras de madera crujiente hacia la vivienda en la planta alta. Al entrar en el apartamento privado de Lucía, Alexander miró alrededor. Era un espacio sencillo, luminoso, con muebles restaurados y plantas por todas partes. No había lujos, pero había hogar.

— Así que aquí vives —dijo él, tocando el respaldo de un sillón de tela—. Es... acogedor.

Alexander sintió un frío glacial recorrerle la espalda.

— Mañana voy a intentar ir yo, te lo juro. Me escaparé si hace falta. —La voz de Lucía bajó a un susurro íntimo—. Ya no digas eso... ¿Cómo puedes pensar que ya no te quiero? Por supuesto que te quiero, mi corazón. Nunca te voy a dejar. Eres mi vida entera. Te amo, Mateo.

Te amo, Mateo.

Alexander escuchó esas palabras y el inicio de cariño que había sentido en la mañana, esa admiración que había nacido en la clínica al ver su esfuerzo, se esfumó como humo en un vendaval.

Mateo.

Ahí estaba el nombre.

No era Luis. Era Mateo.

Un hombre al que ella "amaba". Un hombre al que le prometía escaparse para verlo. Un hombre que era "su vida entera".

Alexander se alejó de la puerta con el estómago revuelto. Se sintió traicionado de una forma visceral, absurda, porque su matrimonio era una farsa, pero traición al fin. Ella le había mentido a la cara. Había fingido dignidad e independencia mientras mantenía a un amante en las sombras.

Cuando Lucía salió de la habitación dos minutos después, vestida con un vestido ligero de verano y sandalias, encontró a Alexander mirando por la ventana con la rigidez de una estatua de granito.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.