CAPÍTULO 79
Al ver aparecer a Matilde, Leticia dejó caer la cucharilla de plata, que tintineó con un sonido estridente contra el suelo.
— ¡Matilde! —exclamó Leticia, intentando forzar una sonrisa que no llegó a sus ojos— Gracias a Dios que has venido. Estábamos tan preocupados... con todo ese escándalo en tu casa, tu marido, la policía...
Matilde se detuvo en medio del salón. No se quitó el abrigo ni los guantes. Permaneció allí, erguida, con la frialdad de una extraña que viene a cobrar una deuda de sangre.
— Evitemos la comedia, madre —dijo Matilde, su voz era un látigo de hielo que cortó el aire de la estancia— No he venido por consuelo, ni he venido a escuchar vuestras mentiras. Sé lo que habéis hecho. Sé que en vez de participar en mi graduación, estuvieron en la fiscalía prestando declaración contra mi marido.
Rodolfo se giró lentamente, incapaz de sostener la mirada de su hija. Su rostro estaba surcado por la vergüenza, pero sus palabras seguían destilando la cobardía que lo había gobernado toda su vida.
— Matilde, tienes que entenderlo... —empezó Rodolfo con voz quebrada— Enrique nos tiene acorralados. Él tiene los documentos de los seguros, las pruebas de los barcos... Si no declarábamos contra de la Vega, yo iría a la cárcel mañana mismo. Enrique me dio a elegir: o era Augusto, o era yo.
Matilde soltó una carcajada amarga, una risa que heló la sangre de sus padres.
— ¿Y elegiste a Augusto? —preguntó ella, dando un paso hacia su padre— Elegiste vender al hombre que te salvó de la ruina, al hombre que compró tus deudas para que pudieras seguir durmiendo bajo este techo. Elegiste traicionar a tu propia hija para salvar tu pellejo de estafador. Eres un cobarde, padre. Siempre lo has sido.
— ¡Matilde! ¡Ten un poco de respeto por tu padre! —intervino Leticia, levantándose de la butaca con una indignación fingida— Lo hicimos por tu bien. Ese hombre, ese Augusto, es un delincuente. Enrique nos abrió los ojos. Esa fortuna que ostenta no es suya, la robó a un anciano. Queríamos separarte de él antes de que te arrastrara a su fango. Lo hicimos para protegerte, para que pudieras volver a casa y recuperar tu lugar como una Valente digna.
Matilde se giró hacia su madre, y la intensidad del odio en su mirada hizo que Leticia retrocediera, tropezando con el borde de la alfombra.
— ¿Protegerte? —repitió Matilde con desprecio— Tú no sabes lo que es la dignidad, madre. Has pasado toda tu vida viviendo de apariencias, aceptando las infidelidades de un marido al que no amas y vendiendo a tu hija al mejor postor. No lo hiciste por mí. Lo hiciste por ti misma, por seguir manteniendo las apariencias.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.