CAPÍTULO 81
Teresa detuvo el motor del coche justo frente a una plaza descuidada y gris, ubicada en las inmediaciones del centro administrativo del puerto. Matilde, acomodada en el asiento del copiloto, observaba el ir y venir constante de marineros, estibadores y comerciantes con una mezcla evidente de curiosidad y aprensión. En el asiento trasero, Clara permanecía en absoluto silencio, aunque sus ojos oscuros recorrían cada esquina del lugar con una familiaridad amarga y dolorosa.
— Es mucho más grande de lo que me imaginaba —susurró Matilde, apretando con firmeza el volante helado— Buscar el registro de un incidente ocurrido hace tres años va a ser como intentar encontrar una aguja en un pajar de acero.
— No será una tarea fácil, Matilde —coincidió Teresa— Especialmente considerando que estamos las tres completamente solas. No poseemos ninguna autoridad legal en esta jurisdicción. Para la gente que maneja este lugar, no somos más que tres mujeres inútiles haciendo preguntas incómodas.
— Clara nos va a ayudar —respondió Matilde con determinación, buscando la mirada de su compañera a través del espejo retrovisor— Ella conoce la dinámica de este puerto mucho mejor que cualquiera de nosotras.
Descendieron del vehículo y caminaron juntas hacia el sobrio edificio de la Comisaría Central. Al cruzar el umbral, el ambiente resultaba denso y asfixiante: el humo espeso de los cigarrillos de los oficiales se mezclaba sin remedio con el olor a rancio y la humedad que emanaba de los calabozos subterráneos. Matilde tomó la iniciativa y se acercó al mostrador de madera alta, intentando proyectar esa prestancia aristocrática que, hasta entonces, siempre le había servido para abrir las puertas más difíciles.
— Buenos días —habló Matilde, esforzándose por mantener la voz firme y clara— Buscamos información detallada sobre un incidente violento ocurrido hace exactamente tres años en uno de estos muelles. Se trató de un asalto a un ciudadano extranjero llamado Julian Thorne.
El oficial apostado tras el mostrador, un hombre de rostro curtido por el salitre y ojos apagados por la rutina, ni siquiera se molestó en interrumpir la escritura en su ajada libreta.
— ¿Cuenta usted con más información precisa, señora? ¿Acaso sabe el número de muelle o el turno de la guardia? —murmuró con aburrimiento— Vuelva otro día. Hoy no encontrará a nadie dispuesto a revolver los archivos llenos de polvo de años anteriores. Tenemos trabajo de verdad acumulado y no estamos para resolver las curiosidades de los visitantes.
— No se trata de una simple curiosidad —intervino Teresa, dando un paso al frente para encarar al hombre— Es un asunto judicial de extrema importancia. Hay hombres inocentes en prisión cuya libertad depende de esta información.
El oficial alzó finalmente la vista, recorriéndolas a las tres con un desprecio apenas disimulado.
— Miren, señoritas, en este puerto lidiamos con peleas de borrachos, robos de cargamento y navajazos en los callejones todas las noches. Si no traen una orden firmada por un juez de esta jurisdicción, no moveré un solo dedo. Si quieren jugar a la investigación, busquen a un detective a sueldo.
Matilde sintió cómo una ola de frustración le quemaba la garganta. Estaba a punto de protestar con vehemencia, de hacer valer su apellido o de intentar ofrecer un soborno discreto, cuando sintió la mano firme de Clara posarse sobre su brazo.

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