CAPÍTULO 83
— La situación está exactamente donde queremos, caballeros, señora —comenzó Guzmán, su voz era un siseo suave pero cargado de autoridad— La detención preventiva de Augusto de la Vega es solo el primer movimiento de los muchos que he diseñado para su ruina.
Enrique tomó un sorbo de su ginebra, asintiendo con suficiencia.
— ¿Y el siguiente paso? No quiero que ese tipo pase ni un segundo más del necesario con la esperanza de salir bajo fianza.
Guzmán se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con una astucia criminal.
— El siguiente paso es la asfixia total. Mañana mismo presentaré una solicitud de embargo sobre todos los activos y bienes de de la Vega en esta ciudad. Alegaremos que existe un riesgo inminente de fuga de capitales hacia sus cuentas en el extranjero. El señor de la Vega no tendrá ni para pagar a sus propios abogados. Sus cuentas se congelarán, sus barcos quedarán anclados y la mansión del valle será precintada.
Guzmán soltó una risita seca, una vibración desagradable en el pecho.
— Ahí es donde entraré yo de nuevo. Cuando se vea solo, arruinado y sin defensa legal, le brindaré mi "ayuda". Seré yo quien le ofrezca un trato para evitar una condena de años en prisión a cambio de que ceda el control de sus empresas a un administrador judicial que, casualmente, seremos nosotros. Lo dejaré en los huesos antes de que el juez dicte sentencia.
Arthur Thorne, que hasta ese momento había permanecido callado, golpeó la mesa con su mano tosca, interrumpiendo la disertación del abogado.
— A mí me importa un bledo si ese tipo duerme en una cama de seda o en el cemento —gruñó Arthur, su voz ronca denotando su origen portuario— Lo que quiero saber es cuándo me va a tocar mi herencia a mí. Ustedes hablan de barcos y de bancos, pero yo he venido desde muy lejos porque la señora Duval me prometió que el dinero de mi tío Julian volvería a mis manos. ¡Soy su sangre! ¡Su único sobrino vivo! ¿Cuándo voy a ver la fortuna?
Elena lo miró de reojo con un asco infinito. Arthur Thorne era una herramienta necesaria, pero su vulgaridad le resultaba casi insoportable.
— Paciencia, Arthur —dijo Elena con voz de seda— El dinero no vuela, simplemente cambia de jaula. Guzmán te explicará por qué no puedes tener la fortuna en tus manos ahora mismo.
Guzmán se volvió hacia el sobrino, su expresión volviéndose pedagógica y un tanto condescendiente.
— Escuche bien, señor Thorne. Una cosa es meter preso a De la Vega por fraude y falsedad documental. Con las declaraciones de los señores Valente y el sobre que la señora Duval nos facilitó, eso es relativamente sencillo en esta ciudad. Pero probar que usted es el legítimo y único heredero de la totalidad de la fortuna, invalidando un testamento notarial extranjero… bueno, eso es un camino algo más largo.
— ¿Cuánto de largo? —exigió Arthur.
— Podría tomar meses, incluso un par de años si la defensa de de la Vega logra reactivarse —respondió Guzmán sin inmutarse— Tenemos que litigar en dos frentes: el criminal para destruirlo a él, y el civil para reclamar el dinero. Pero no se preocupe, mientras tanto, el banco del señor Saldívar puede adelantarle ciertas sumas contra sus derechos hereditarios. ¿No es así, Enrique?
Enrique Saldívar se puso de pie, ajustándose la chaqueta. Su mirada ya no estaba puesta en los papeles de la herencia ni en el patético sobrino que mendigaba su botín. En su rostro había aparecido una expresión de absoluta indiferencia hacia las intrigas de Elena.

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