- Estoy lista-dijo ella, guardando el celular en el bolso.
Alexander se giró lentamente. Su rostro era una máscara impasible, pero sus ojos grises eran dagas.
- Vámonos -dijo, seco.
- ¿Pasa algo? -preguntó Lucía, notando el cambio de temperatura en la habitación.
- Nada. El abuelo espera. Y odia esperar.
Bajaron en silencio. Lucía intentó comentar algo sobre la casa, pero Alexander la ignoró, abriéndole la puerta del coche con una cortesía mecánica y fría.
El trayecto al puerto fue incómodo. Matilde y Augusto, ajenos a la tensión en el asiento delantero, charlaban animadamente sobre los cambios en la ciudad.
Al llegar al Muelle 14, el maître casi se desmaya al ver a Augusto De la Vega en persona.
- Señor De la Vega, qué honor. Su mesa de siempre está ocupada, pero...
- Desocúpela -dijo Alexander, cortante-. Pague la cuenta de quienes estén ahí y ofrézcales una botella de Dom Perignon por las molestias.
Queremos esa mesa.
El maître corrió a cumplir la orden. Lucía miró a Alexander, sorprendida por su brusquedad.
- No era necesario echar a nadie, Alexandersusurró ella mientras caminaban hacia la terraza.
- Es lo que el abuelo quiere. Y yo le doy a mi familia lo que quiere. Al parecer, soy el único en esta mesa que cumple sus compromisos.
Lucía frunció el ceño, confundida por el ataque velado, pero decidió no armar una escena frente a los abuelos.
Se sentaron frente al mar. El viento salado movía los manteles blancos.
Pidieron mariscos y vino blanco.
- Ah... este lugar -suspiró Augusto, mirando el horizonte-. ¿Sabes, Lucía? Aquí empezó todo.
-¿Aqui en el restaurante? -preguntó ella, tratando de ignorar que Alexander ni siquiera la miraba.
- No, aquí en el puerto. -Augusto tomó un trozo de pan-. Matilde y yo llegamos a esta ciudad hace sesenta años. No teníamos nada. Absolutamente nada. Mi padre me había desheredado por casarme con ella, una mujer "sin apellido".
Matilde sonrió, tocando la mano de su esposo.
- Éramos unos niños locos, Lucía. Vivíamos en una pensión donde se escuchaba a los vecinos respirar.
- Inicié la compañía solo con veinticinco dólares, Lucía -dijo Augusto, levantando dos dedos-.
Veinticinco dólares que Matilde tenía guardados en una lata de galletas. Compré mi primera carga de mercancía: telas baratas que nadie quería. Las vendí puertaa puerta.

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