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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 52

CAPÍTULO 27

El almuerzo llegó a su fin con el último sorbo de café expreso.

Lucia miró la pantalla y su expresión se tensó de inmediato. No era una llamada social; era su tono de "urgencia veterinaria".

— Disculpen —murmuró, contestando al segundo timbrazo—. Habla la doctora Flores.

Alexander la observó con los ojos entrecerrados, buscando en su rostro algún indicio de culpa, algún rastro de ese tal "Mateo". Pero Lucía solo mostraba concentración profesional.

— Entiendo. No lo muevan. Mantengan la calma, la frecuencia cardíaca alta es normal por el dolor, pero si se revuelca podría torcerse el intestino. Voy para allá ahora mismo. —Colgó y se puso de pie, tomando su bolso—. Lo siento mucho, debo irme. Tengo una emergencia en el Haras "El Roble".

— ¿El Roble? —preguntó Augusto, impresionado—. ¿Esos son los caballos de competición de los Perez-Soria?

— Sí, señor. Soy la veterinaria en jefe de esa caballeriza desde hace tres años. "Tormenta", su semental principal, tiene síntomas de cólico y es un animal de dos millones de dólares. No pueden esperar.

Lucía miró a Alexander, esperando que él llamara a su chofer o le pidiera un taxi con desdén.

— Llamaré a Martínez para que me recoja en la avenida —dijo ella, empezando a caminar.

— ¡Ni hablar! —bramó Augusto, deteniéndola—. Alexander te llevará.

Alexander, que estaba firmando el voucher de la cuenta, levantó la cabeza.

— Abuelo, tengo cosas que hacer en la oficina...

— Es sábado —le recordó el anciano con severidad—. Y tu esposa tiene una responsabilidad profesional de alto nivel. Un De la Vega apoya a su pareja. Acompáñala. Además, quiero que veas cómo trabaja. Te hará bien salir de tu burbuja de aire acondicionado y pisar un poco de tierra.

— Pero ustedes...

— Tu abuela y yo regresaremos a la mansión con nuestro chofer —intervino Matilde, tomando del brazo a su esposo—. Augusto aún no puede estar tan activo todo el día, necesita su siesta. Vayan, hijos.

Alexander apretó la mandíbula, atrapado en la red de su abuelo.

— Está bien. Vamos.

Rodrigo carraspeó, acomodándose la corbata.

— Es sobre la Fundación De la Vega. Mira, he estado pensando en lo que dijiste anoche y hoy en la empresa. Y... con todo el respeto del mundo, no me parece justo.

— ¿Qué no te parece justo?

— Que después de tantos años de trabajo, quieran desplazar a Elisa. Ella ha dado su vida por esa organización. Ha construido su imagen social en base a ese trabajo. Poner a Lucía, que acaba de llegar y que, seamos honestos, no conoce los protocolos de la alta sociedad, como directora... se siente como un castigo hacia Elisa.

Augusto se enderezó en el sillón. Su mirada se endureció.

— Rodrigo, escúchame bien. Nadie va a desplazar a nadie. Elisa no se va.

— Pero el título de directora...

— Solo vamos a incorporar a todas las mujeres de la familia —explicó Augusto con paciencia estratégica—. Tu primo Alexander debió hacerlo hace mucho, cuando se casó, pero por las razones estúpidas que sean, la mantuvo oculta. Ahora que Lucía es pública, es una tradición que la esposa del primogénito tenga un rol. Es imagen, Rodrigo. Es política.

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