Capítulo 60
CAPÍTULO 31
Lucia sintió el colchón hundirse bajo el peso de Alexander cuando él se acostó a su lado. No hubo delicadeza esta vez; se dejó caer con el peso muerto del agotamiento. A pesar de la distancia física que él intentaba mantener quedándose en el borde, el aire entre ellos cambió. Olía a humo de cigarrillo rancio, a alcohol caro y a la soledad de la noche.
Lucía arrugó la nariz imperceptiblemente contra la almohada, pero no se movió. Se quedó plantada en el centro de la cama, reclamando su territorio.
Si él quería jugar al marido distante después de haber sido amable en la hacienda, ella no le cedería ni un centímetro de sábanas.
El sueño finalmente la venció. Cuando volvió a abrir los ojos, la luz del sol ya inundaba la estancia. Se giró y se encontró con dos ojos grises observándola fijamente.
Alexander estaba despierto, apoyado en el cabecero, con las manos cruzadas sobre el pecho y el cabello despeinado. La miraba con una expresión indescifrable, una mezcla de curiosidad y resentimiento residual.
- Buenos días -dijo él, con la voz carrasposa.
Lucía se sentó, apartándose el cabello de la cara.
- Buenos días. -Miró alrededor de la habitación, notando que el mobiliario seguía igual-. ¿Y la otra cama? Dijiste que ibasa poner una cama supletoria o habilitar el sofá.
Alexander se encogió de hombros, saliendo de las sábanas. Llevaba el mismo pijama que la noche anterior, pero parecía que había luchado una guerra con él.
- Resulta que no hay presupuesto -respondió con sarcasmo seco-. La crisis económica, ya sabes. Tendremos que seguir compartiendo.
Lucía soltó una risa incrédula.
-¿No hay presupuesto en la casa del hombre más rico de la ciudad? Amaneciste bromista hoy, Alexander.
- Amanecí práctico. Y tarde. -Alexander caminó hacia el baño-. Alístate, Lucía. Hoy debemos ir a la junta. No quiero retrasos.
Lucía suspiró, dejándose caer de espaldas contra el colchón por un segundo antes de levantarse.
- Lo sé. Aunque sigo sin entender por qué tengo que ir yo. Soy veterinaria, Alexander. Mi lugar está en una granja, no en una sala llena de trajes aburridos discutiendo sobre acciones.
Desde el baño, la voz de Alexander resonó con el eco de los azulejos.
- Es una orden del abuelo. Y te aviso: van a ir Benicio y Thiago también. Así que al menos tendrás compañía de tu nivel intelectual para jugar.
-¡Oye! -protestó ella, lanzando un cojín hacia la puerta del baño, aunque él ya no podía verla.
Una hora después, cuando bajaron al vestíbulo principal, la casa parecía un cuartel general en plena movilización.


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