Capítulo 62
CAPÍTULO 32
El silencio en la sala de juntas fue sepuicral, absoluto y aterrador.
Los accionistas miraban a Augusto con la boca abierta. Rodrigo tenía los ojos desorbitados, fijos en un punto invisible de la mesa de caoba.
Alexander, el príncipe heredero que acababa de ser despojado de la corona delante de todos, estaba pálido, con los puños cerrados sobre la mesa.
Al principio, todos esperaban que el viejo patriarca soltara una carcajada, que dijera que era una broma de mal gusto para probar su lealtad o sus nervios. Pero Augusto De la Vega no se rió.
Con una calma exasperánte, cerró su carpeta de cuero, tomó su bastón y se puso de pie.
- Bueno, eso es todo por hoy -dijo con la ligereza de quien acaba de comentar el clima-. Tengo una partida de ajedrez con Matilde en el jardín. Con permiso.
Augusto comenzó a caminar hacia la salida como si nada hubiera pasado, dejando atrás el caos que él mismo había orquestado.
La primera en reaccionar, saliendo de su estado de shock, fue la propia Lucía. Su silla chirrió contra el suelo al levantarse de golpe.
- ¡Augusto, espere! -gritó, olvidándose del protocolo-. ¡No puede hacer esto!
Corrió tras él y lo interceptó justo antes de que cruzara la puerta doble.
- Señor... Augusto, escúcheme. Esto es una locura. Yo soy veterinaria. Sé operar un intestino, no dirigir una multinacional. No puedo aceptar.
Augusto se detuvo y la miró con una sonrisa benigna, casi paternal.
- Claro que puedes, hija. Tienes sentido común, que es lo que le falta a la mayoría en esa mesa. Y tienes integridad. El resto se aprende.
- Pero... los estatutos, las leyes... ni siquiera trabajo aquí-balbuceó ella, desesperada.
- Ya está todo arreglado legalmente -le aseguró el anciano, dándole unas palmaditas en la mano-.
Ven, querida, no te angusties. Reúnete con Fernando Castillo. Él tiene los documentos de traspaso de poderes y el nuevo organigrama. Él te explicará todo. Es su trabajo.
Y sin decir más, Augusto salió al pasillo, tarareando, dejando a Lucía paralizada.
Fernando.
El abuelo la estaba enviando a la boca del lobo.
Tenía que reunirse a solas con su ex-prometido para que él le explicara cómo convertirse en su jefa suprema. La ironía del destino era macabra.
Dentro de la sala de juntas, la bomba finalmente detonó.
Alexander seguía sentado, procesando la información, cuando sintió una mano golpear la mesa frente a él.
Levantó la vista. Rodrigo estaba de pie, rojo de ira, con las venas del cuello hinchadas.
- ¿Esto fue idea tuya? -escupió Rodrigo, temblando de rabia-. ¡Admítelo! Sabías que el abuelo no me lo daría a mí, así que preferiste dárselo a tu mujer para seguir controlándolo todo desde la cama. ¡Es una jugada sucia, Alexander!
Alexander se puso de pie lentamente, recuperando su altura y su frialdad, aunque por dentro estaba igual de perdido.
- No tengo nada que ver en esta decisión, Rodrigo -dijo con voz grave-. Estoy igual de sorprendido que tú. O más. Yo he trabajado diez años para este puesto.
- ¡Mentira! -gritó Rodrigo-. Tú trajiste a esa mujer a nuestras vidas. La sacaste de la nada y ahora se va a adueñar de todo. ¡De mi herencia!
¡Del futuro de mis hijos!
- ¡Cállate, Rodrigo! -intervino Roberto, el tío de Alexander, poniéndose de pie también-. Gritar no soluciona nada. Aquí hay algo más grave.
Roberto miró a los accionistas, buscando apoyo para su teoría.
- La única explicación lógica es que mi padre enloqueció -declaró Roberto con tono grave-.
Tenemos que ser realistas. Augusto tiene ochenta y cinco años y acaba de despertar de un coma de una década. El daño neuralógico es evidente.
Alexander se dio cuenta de que Fernando tampoco estaba.
El frío le recorrió la espalda. Recordó la pelea en la cocina. Recordó el miedo de Lucía. Y recordó las palabras del abuelo que, aunque no las escuchó directamente, intuía: "Fernando se encargará de los papeles".
Lucía y Fernando. Solos.
Otra vez.
- Maldición -masculló Alexander.
Salió de la sala de juntas a grandes zancadas, ignorando las preguntas de los accionistas y los gritos de su primo. Tenía que encontrarla. No por la presidencia. Sino porque no iba a permitir que ese imbécil estuviera a solas con ella ni un minuto más.
En el pasillo, el caos continuaba.
Elisa había entrado, arrastrando a los niños que parecían asustados por los gritos que se escuchaban desde dentro. Al ver salir a su marido, Elisa se lanzó sobre él.
- ¡Rodrigo! -chilló ella, histérica-. ¿Qué está pasando? Escuché a los secretarios murmurar. ¿Es verdad? ¿Esa mujer es la jefa?
Rodrigo se pasó las manos por la cara, desesperado.
- Si, Elisa. Es verdad. El abuelo le dio todo.
¡No puede ser! -Elisa estaba indignada, más que todos-. Rodrigo, a este paso nos van a echar de la mansión. Nos van a quitar las tarjetas de crédito. ¡Y tú no harás nada! ¡Esa mujer se va a quedar con todo y se va a reír en nuestra cara!
Thiago y Benicio miraban a sus padres con los ojos muy abiertos. Benicio empezó a llorar al ver a su madre gritar.
Rodrigo sintió que la cabeza le iba a estallar.
- ¡Basta! -gritó él-. ¡Cállate, Elisa! No puedo ahora también lidiar con tus reclamos ¡Estamos en una crisis!
Miró a sus hijos llorando y sintió una punzada de vergüenza.
- Mejor lleva a los niños a la casa -ordenó Rodrigo, empujándola suavemente hacia el ascensor-. ¡Sácalos de aquí! Ya fue suficiente circo por hoy. Vete a la mansión y no salgas hasta que yo llegue. Tengo que ver cómo arreglo este desastre.

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