Capítulo 63
CAPÍTULO 33
Lucía Flores estaba de pie, con la espalda pegada a la puerta cerrada, respirando agitadamente. Su pecho subía y bajaba, no por el esfuerzo físico de haber corrido tras el abuelo, sino por la adrenalina tóxica de estar encerrada nuevamente con su verdugo. Pero esta vez, la dinámica había cambiado.
Frentea ella, rodeado de torres de carpetas y estatutos corporativos, Fernando Castilio la miraba. Se había aflojado el nudo de la corbata y tenía una fina capa de sudor en la frente. Sus ojos oscuros iban de la cara de Lucía a la puerta, como si calculara las probabilidades de escapar o de atacar.
Pero esta vez, no había arrogancia en su rostro.
Había miedo. Un terror primitivo y palpable.
Porque él sabía, mejor que nadie, que la mujer que tenía enfrente ya no era la ex-novia abandonada que lloraba en la acera. Ya no era la chica que contaba las monedas para pagarle la fotocopia de los apuntes.
Ahora era la dueña de su destino. Su jefa suprema.
La mujer que, con una sola firma, podía despedirlo, destruir su carrera y dejarlo en la ruina.
Fernando tragó saliva, el sonido fue audible en el silencio de la sala. Se pasó una mano temblorosa por el cabello engominado y señaló la silla de visitas frente a él.
- Siéntate, Lucía -dijo Fernando. Su voz intentó sonar autoritaria, pero salió temblorosa, quebrada por la ansiedad-. Tenemos que firmar... muchas cosas. El traspaso de poderes es complejo.
Lucía no se movió. Se quedó de pie, mirándolo con una frialdad que había aprendido de Alexander sin darse cuenta.
- Prefiero estar de pie. Dame los papeles.
Fernando soltó una risa nerviosa, casi histérica, y se recostó en su silla giratoria, intentando recuperar una pizca de dignidad mediante la ofensa.
- Vaya... qué rápido se te subió el poder a la cabeza. Pero sabes... tengo mucha curiosidad sobre cómo llegaste aquí.
Empezó a jugar con un bolígrafo de plata, girándolo entre sus dedos.
- Jamás me imaginé que la tonta Lucía, la huerfanita ingenua que creía en el amor eterno y los finales felices, terminaría con el imbécil de Alexander De la Vega. O peor aún... -Fernando bajó la voz, inclinándose sobre el escritorio con una mueca de asco-, con el viejo Augusto.
Lucía sintió una oleada de náuseas, pero mantuvo la cara impasible.
- Cuidado con lo que dices, Fernando.
¿Por qué? Estamos solos, querida. Aquí no tienes a tu guardaespaldas millonario. -Fernando la miró con desprecio-. Porque no nos hagamos los hipócritas, Lucía. Resultaste ser una trepadora.
Peor que yo. Yo al menos fui honesto con mi ambición. Tú te disfrazaste de santa, de mujer sacrificada, pero en cuanto viste la oportunidad, te metiste en la cama de los dueños del imperio.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.