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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 64

Capítulo 64

La lógica retorcida de Fernando le revolvió el estómago a Lucía. El narcisismo de ese hombre no tenía límites; era incapaz de verse como el villano, incluso en su propia historia. Él creía ser el arquitecto del destino de ella.

- ¿Agradecerte? -Lucía sintió que la ira fría se convertía en fuego-. Lo único que te agradezco es haberme mostrado lo poco que valías antes de que fuera demasiado tarde. No estoy aquí gracias a ti, Fernando. Estoy aquí a pesar de ti. Estoy aquí porque sobreviví a lo que me hiciste.

Lucía señaló los papeles sobre el escritorio con un gesto impaciente.

- ¿Qué tengo que firmar, Fernando? -exigió, cortando la charla-. No quiero estar aquí contigo ni un segundo más. Dame los malditos papeles para que pueda salir de este agujero y olvidarme de que existes.

Fernando la miró con odio. Odiaba que ella no se quebrara. Odiaba que no llorara. Odiaba que fuera fuerte.

Lentamente, se giró para buscar la carpeta de traspaso.

- No es tan fácil, Lucía. Hay cláusulas de confidencialidad, hay responsabilidades penales...

Si firmas esto, asumes las deudas, los riesgos...

podrías ir a la cárcel si algo sale mal. ¿Estás segura de que tu cabecita puede con esto?

Estaba intentando asustarla. Intentando manipularla para que renunciara.

Lucía dudó por un segundo. No sabía nada de leyes. ¿Y si había una trampa? ¿Y si Augusto, en su locura, le estaba entregando un barco que se hundía?

- Yo...

En ese momento, la puerta del despacho se abrió de golpe, sin previo aviso, golpeando contra la pared con un estruendo que hizo saltar a Fernando.

Una figura alta, imponente y furiosa llenó el marco de la puerta.

Alexander De la Vega.

No venía solo. Detrás de él, se veía a Damián y a dos guardias de seguridad, pero Alexander entró solo, irradiando una autoridad que empequeñeció la oficina al instante.

Sus ojos grises barrieron la estancia en una fracción de segundo. Vio a Lucía, pálida y tensa contra la pared. Vio a Fernando, de pie demasiado cerca de ella, con esa expresión de superioridad barata que Alexander detestaba.

Alexander no preguntó qué pasaba. No necesitaba hacerlo.

Caminó directamente hacia el escritorio, se interpuso físicamente entre su esposa y su empleado, y clavó su mirada en Fernando.

- Retirate, Fernando -ordenó Alexander. Su voz era baja, tranquila, pero tenía el filo de una navaja de afeitar.

Fernando parpadeó, sorprendido por la interrupción.

Lucía levantó la vista. Esos ojos grises, que tantas veces la habían mirado con frialdad o sospecha por culpa de los celos, ahora la miraban con una claridad absoluta.

- No es una trampa. Mi abuelo puede estar loco, pero no te haría daio. Él te adora. Te dio el puesto porque confía en ti más que en cualquiera de nosotros. Más que en mí, incluso.

- Pero yo no sé nada de negocios...

- Yo si -dijo Alexander con firmeza-. Yo sé de negocios. Yo conozco esta empresa desde que nací.

Alexander acercó su rostro al de ella, bajando la voz a un susurro cómplice.

- No vas a firmar nada que yo no haya leído primero. No vas a tomar ninguna decisión sin que la analicemos juntos. Voy a ser tu vicepresidente, tu asesor, tu sombra si es necesario. Fernando quería asustarte porque te quiere débil. Pero no vas a ser débil.

-¿Me vas a ayudar? -preguntó ella, sorprendida.

Pensó que él estaría furioso por haberle robado el puesto.

-Tú eres mi esposa, Lucía -respondió él, y por primera vez, la palabra "esposa" no sonó a contrato, sino a lealtad-. Y somos un equipo. Si tú eres la Presidenta, entonces nadie va a tocarte. Ni Fernando, ni Rodrigo, ni nadie. Vamos a sacar adelante esto juntos. ¿Confías en mí?

Lucía lo miró. Pensó en los celos de la noche anterior, en la cama vacía, en la distancia. Pero también pensó en cómo había entrado por esa puerta para salvarla, dos veces.

-Confío en ti -dijo ella.

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