Capítulo 65
CAPÍTULO 34
Matilde De la Vega, sentada junto a su esposo, mantenía las manos cruzadas sobre su regazo, apretando su bolso con una fuerza que blanqueaba sus nudillos. Durante la reunión, había mantenido su postura regia, sonriendo y asintiendo en los momentos adecuados. A Matilde no le gustaba mostrarse en contra de su marido en público; esa era una regla de oro que habían respetado durante sesenta años de matrimonio y negocios conjuntos. La unidad frente al mundo era innegociable.
Pero ahora, con el cristal divisorio subido que los separaba del chofer, la fachada se derrumbó.
Matilde se giró hacia Augusto, quien miraba por la ventana con una expresión de satisfacción traviesa, tarareando una melodía antigua.
- Augusto -dijo ella, y su voz tenía ese tono de advertencia que solo una esposa de seis décadas sabe emplear.
El patriarca dejó de tararear y la miró, fingiendo inocencia.
- ¿Sí, querida? ¿No te pareció una mañana emocionante? Hacía años que no veía a Roberto tan rojo. Pensé que le daría un infarto ahí mismo.
- Deja a tu hijo Roberto en paz por un momentole reprendió ella, ignorando la broma-. Quiero hablar de lo que acabas de hacer. De esa... bomba que soltaste.
-¿La presidencia? Fue un movimiento maestro, si me permites decirlo.
- Fue una locura, Augusto. -Matilde frunció el ceño, preocupada-. ¿Estás seguro de colocar a esa mujer, que no es de la familia, en un cargo así de importante? Y no me malinterpretes, adoro a Lucía. Ayer en el orfanato me demostró que tiene un corazón de oro y una voluntad de hierro. Pero VegaCorp no es un orfanato. Es un nido de víboras.
Augusto se enderezó, su expresión se volvió seria.
- ¿Cómo que no es de la familia, Matilde? - preguntó con severidad-. Es familia. Lleva el apellido. Es la esposa de Alexander desde hace diez años.
- Roberto... a pesar de que lo criamos igual que a Ricardo, siempre fue muy ambicioso y egoísta.
Siempre quiso el poder por el poder mismo, no para construir. Y Ricardo... bueno, tu hijo Ricardo es un buen hombre, pero no tiene el estómago para la guerra corporativa. Prefiere sus libros y su paz.
- Exacto -asintió Augusto-. Y para evitar que se pelearan entre hermanos y destruyeran lo que construimos, propuse hace diez años que se preparara a la siguiente generación. Que saltáramos a los nietos.
- Y lo entendí -repitió Matilde-. Apoyé que fuera Alexander. Él tiene tu instinto, Augusto. Tiene tu mente para los números. Ha vivido para esa empresa. Pero esto... esto no, Augusto. Es demasiado. Lucía puede ser directora de la Fundación, eso es perfecto para ella. Pero no de toda la empresa. Alexander se va a sentir traicionado. Lo humillaste frente a todos.
Augusto soltó una risa suave y tomó la mano de su esposa.
- No lo humillé, Matilde. Lo desafié. Alexander se ha vuelto cómodo en su torre de marfil. Se cree intocable. Necesitaba que alguien le moviera el piso para que despertara.

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