Capítulo 67
CAPÍTULO 35
La puerta se cerró tras la salida humillante de Fernando, pero la atmósfera en el despacho principal de VegaCorp no se relajó.
Alexander se había quedado de pie junto al escritorio, con los brazos cruzados y una postura que gritaba dominio territorial, a pesar de que acababan de arrebatarle el territorio. Lucía lo miraba, pero su mente estaba en otra parte: en el zumbido de los fluorescentes, en el olor a cera de pisos y en la sensación de asfixia que le provocaba ese rascacielos de cristal.
Estaba aturdida.
Primero, el reencuentro con su exprometido convertido en subordinado resentido. Luego, el nombramiento de Augusto. Y finalmente, la promesa de protección de Alexander. Era demasiada información para procesar sin un café decente y sin el olor reconfortante a animales.
Lucía tomó su bolso con decisión y se giró hacia la puerta.
- Alexander, me voy.
Alexander parpadeó, saliendo de sus pensamientos estratégicos sobre cómo destruir legalmente a Fernando.
¿Cómo que te vas? -preguntó, incrédulo, dando un paso para bloquearle el paso-. Lucía, no llegamos ni al mediodía. La junta acaba de terminar. Hay un protocolo. Tienes que saludar a los vicepresidentes, tienes que revisar la agenda, tienes que...
- Tengo que ir a mi clínica -lo cortó ella, ajustándose la correa del bolso-. Tengo pacientes citados para la tarde. Luis no puede encargarse de todo solo, especialmente si tengo que revisar la contabilidad del mes.
Alexander soltó una risa seca, pasándose una mano por el cabello perfecto.
- ¿Tu clínica? -repitió, como si ella hubiera dicho que tenía que ir a jugar a las muñecas-. Lucía, acabas de ser nombrada Presidenta de una corporación multinacional. Tu "clinica" ahora es un hobby. Tienes responsabilidades aquí que valen miles de millones.
- No es un hobby. Es mi vida -replicó ella con firmeza-. Y según entendí de lo que balbuceó Fernando antes de que lo echaras, tengo diez días para terminar de firmar todo el traspaso legal y asumir el cargo formalmente.
- Sí, si vas a aceptar el puesto -dijo Alexander, mirándola con intensidad-. Aún puedes renunciar.
Puedes decir que no y devolverme mi lugar.
Lucía sostuvo su mirada. Vio la esperanza en los ojos grises de él. Vio el orgullo herido. Pero también recordó las palabras de Fernando: "Eres una trepadora".Y recordó las palabras de Augusto:
"Confío en ti". Si renunciaba ahora, le daría la razón a Fernando y a Rodrigo. Sería la huerfanita débil que huye.
- Voy a aceptar -dijo ella. Y al decirlo en voz alta, se sintió real-. Pero lo haré a mi manera. Voy a leer todos los documentos. Cada cláusula, cada balance, cada anexo. Pero no lo voy a hacer aquí, en esta oficina que huele a miedo y a testosterona. Lo haré en mi clínica.
- ¿En la clínica? -Alexander parecía a punto de tener un ataque de apoplejía-. ¿Vas a llevar documentos confidenciales de VegaCorp a una veterinaria de barrio?
- Lo haré en mi lugar seguro -corrigió ella-.
Aquí no puedo pensar. Aquí siento que las paredes me aplastan. Allá tengo silencio y paz. Y tengo asuntos que atender allá que no pueden esperar a que tus accionistas dejen de mirarme como si fuera un bicho raro.
Empezó a caminar hacia la salida, pero Alexander la agarró suavemente del brazo.
- No. No puedes irte, Lucía. Tienes que quedarte.
Hay una imagen que mantener. Si te vas ahora, parecerá que no te importa o que estás asustada.
Lucía se detuvo y miró la mano de él en su brazo.
Luego levantó la vista hacia sus ojos. Una chispa de desafío se encendió en su pecho verde esmeralda.
- ¿Perdón? -dijo ella, con una calma peligrosa-.
Alexander, suéltame.
Él la soltó, pero no se movió.
- Solo intento guiarte. No sabes lo que haces.
- Tal vez no sepa de negocios todavía -admitió ella-, pero sé algo sobre jerarquías. Hace cinco minutos, tu abuelo dijo mi nombre. ¿Acaso no soy la jefa?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.