Capítulo 68
CAPÍTULO 36
La oficina de Rodrigo De la Vega, ubicada en el piso 45
de la Torre Vega, era un reflejo de su propia personalidad: ostentosa, moderna y ligeramente más pequeña que la de Alexander, un detalle arquitectónico que lo había atormentado durante años.
El aire estaba viciado por el olor a tabaco caro, a pesar de que fumar estaba prohibido en el edificio.
Roberto De la Vega estaba sentado en el sofá de cuero negro, con una copa de coñac en la mano, observando a su hijo caminar de un lado a otro como un animal enjaulado. Rodrigo se aflojaba la corbata, se pasaba las manos por el pelo y murmuraba maldiciones contra su abuelo, contra su primo y, sobre todo, contra la "veterinaria".
- Siéntate, Rodrigo -ordenó Roberto con voz cansada-. Me estás mareando. Caminar en círculos no va a cambiar el hecho de que acabamos de perder la empresa.
- ¡No la hemos perdido, papá! -gritó Rodrigo, deteniéndose-. Esto es una farsa. Una maniobra senil. Esa mujer no va a durar dos días.
- Eso depende de lo que Fernando traiga -dijo Roberto, mirando su reloj -. Debería haber vuelto hace veinte minutos.
En ese momento, la puerta se abrió sin previo aviso.
Fernando Castillo entró. No parecía el Director Legal de una multinacional; parecía un hombre que acababa de sobrevivir a un naufragio. Tenía la cara pálida, el saco arrugado y una expresión de incredulidad absoluta grabada en los ojos.
Rodrigo se lanzó sobre él.
- ¡Y bien! -exigió saber-.¿Firmó? ¿Terminó de firmar los papeles de traspaso? Dime que cometió un error, dime que se negó.
Fernando caminó hasta el mueble bar y se sirvió un vaso de agua con manos temblorosas antes de responder.
- No -dijo con la voz ronca-. No firmó nada todavía.
- ¿Entonces renunció? -preguntó Roberto, inclinándose hacia adelante con interés.
- Tampoco. -Fernando bebió el agua de un trago -. Según los estatutos, tiene un período de gracia para la aceptación formal del cargo. Tiene diez días para revisar la documentación y estampar su firma ante notario. Dijo que se llevaría los papeles para leerlos "en su lugar seguro".
- ¿Su lugar seguro? -se burló Rodrigo-. ¿Qué es eso? ¿Su cocina?
- Su clínica veterinaria -aclaró Fernando, dejándose caer en una silla frente a ellos-. Pero eso no es lo peor. Intenté presionarla. Intenté asustarla con las responsabilidades penales, le dije que podría ir a la cárcel si cometía un error... Estaba a punto de quebrarse, lo vi en sus ojos. Pero llegó Alexander.
Rodrigo golpeó el escritorio con el puño.
- ¡Lo sabía! ¡Maldita sea!

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