Capítulo 70
CAPÍTULO 37
El sedán blindado se detuvo frente a la clínica veterinaria. El contraste era casi cómico: un vehículo de seguridad de alta gama, negro y brillante, nuevo modelo estacionado frente a una casona antigua y un cartel de madera que indicaba el nombre de la clínica veterinaria.
Martínez, el chofer, se bajó rápidamente para abrir la puerta trasera, pero Lucía ya estaba luchando con el seguro.
- Déjelo, Martínez, yo puedo -dijo ella, bajando a la acera.
Sin embargo, el problema no era bajar, sino lo que traía consigo. En el asiento trasero descansaban dos cajas de archivo de cartón reforzado, repletas de carpetas, balances y estatutos corporativos que pesaban más que un San Bernardo adulto.1
- Permítame, señora -insistió Martínez, tomando las cajas con facilidad, una sobre la otra -. ¿Dónde las dejo?
- En la recepción, por favor. Y gracias.
Lucía entró a la clínica detrás de él, sintiendo que cruzaba un portal dimensional. Dejaba atrás la Torre Vega, los miles dólares y las traiciones familiares, para entrar en su mundo de olor a antiséptico, ladridos y pelo de gato.
Pero la paz que esperaba encontrar no estaba allí.
- ¡Por fin llegas, Lucía!
Alina salió disparada desde el pasillo de los consultorios, con el cabello revuelto, una mancha sospechosa de yodo en el uniforme y el teléfono inalámbrico pegado a la oreja. Al ver a Lucía, colgó la llamada sin despedirse.
- Te estuve llamando y no contestas tu teléfono - le recriminó Alina, con los ojos desorbitados por el estrés-. Pensé que te habías fugado a las Bahamas con tu abuelo millonario.
Lucía dejó su bolso sobre el mostrador y suspiró, pasándose las manos por la cara.
- Perdón, Ali. Fue una mañana... muy complicada.
Ni te imaginas. Tenía el teléfono en silencio por la junta.
- ¿Complicada? Complicada es mi mañana - replicó Alina, señalando hacia los caniles del fondo donde varios perros ladraban en coro-. Estamos desbordados.
Lucía miró a su alrededor. La sala de espera tenía tres personas con sus mascotas, impacientes.
¿Y Luis? -preguntó Lucía, extrañada. Luis solía ser el primero en llegar y el que calmaba el caos-.
- Está bien. Martínez, deje las cajas ahí en la esquina, donde no estorben. Alina, pásame la ficha del gato persa. Me cambio en dos minutos. Ya estoy aquí. Vamos a sacar esto adelante.
Lucía corrió a su oficina, se quitó el vestido elegante que había usado para la junta y se puso su ambo verde y las zapatillas cómodas. Se ató el pelo, se lavó las manos y salió al ruedo.
Durante las siguientes seis horas, no hubo tiempo para pensar en acciones, ni en Alexander, ni en contratos.
Lucía drenó un absceso, vacunó a cuatro cachorros que no paraban de orinarse de la emoción, calmó a un dueño histérico cuyo perro se había comido un calcetín y limpió jaulas porque la chica de la limpieza también había faltado.
A las seis de la tarde, cuando el último paciente salió por la puerta, Lucía se dejó caer en la silla de la recepción. Le dolía la espalda y tenía hambre, pero era un cansancio satisfactorio.
Alina se sentó en la silla de al lado, estirando las piernas.
- Dios mío, qué día -resopló su amiga-. Gracias, Lu. Sin ti, habría tenido que cerrar.
Alina giró la cabeza y miró a Lucía con detenimiento. A pesar de estar despeinada y con ojeras, Lucía tenía una expresión extraña, una mezcla de agotamiento físico y un terror existencial profundo que no tenía nada que ver con la veterinaria.
- Tienes una cara fatal -comentó Alina, y soltó una risita burlona-. En serio, amiga. Tienes el ceño fruncido y esa vena de la frente saltada...ya te pareces a esos ejecutivos estresados que salen en las películas de Wall Street. Solo te falta el habano y el ataque al corazón - Alina quería bromear con ella después de un largo dia, no se imaginaba que tan cerca de la realidad estaba.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.