Capítulo 79
CAPÍTULO 42
Al entrar en el vestíbulo principal, la mansión no estaba en silencio. La televisión del salón de estar estaba encendida a un volumen inusualmente alto, transmitiendo las noticias financieras de la tarde.
Augusto De la Vega estaba sentado en su sillón favorito, con el bastón entre las piernas y la mirada fija en la pantalla, donde se repetía en bucle la imagen de Lucía diciendo: "Admito mi humanidad", 2
El patriarca no se giró cuando escuchó los pasos de sus nietos. Siguió mirando hasta que el segmento terminó y los analistas comenzaron a elogiar la honestidad refrescante de la nueva administración.
Solo entonces, Augusto apagó el televisor con el control remoto y giró lentamente la cabeza hacia ellos. Su rostro era ilegible.
- Abuelo -saludó Alexander, dando un paso al frente, listo para defender a su esposa si el viejo decidía criticar su actuación-. Ya volvimos.
Augusto se puso de pie con dificultad, apoyándose en el bastón, y caminó hacia ellos. Se detuvo frente a Lucía, escrutándola con sus ojos grises, los mismos que había heredado Alexander.
- Vi la entrevista -dijo Augusto con voz grave-.
En directo. Y tampoco entendía por qué demonios estaba sucediendo. Yo no autoricé ninguna rueda de prensa.
- Fue una emboscada -intervino Alexander con dureza-. Elisa convocó a los medios. Quería verla fallar.
Augusto asintió, como si confirmara una sospecha.
- Nos pudo haber hundido. Una palabra mal dicha y las acciones se habrían desplomado.
Lucía sostuvo la mirada del anciano. Ya no tenía miedo. Había sobrevivido a Fernando y a los periodistas; podía sobrevivir a Augusto.
- Fue decisión mía quedarme, señor. Alexander me dio la opción de salir por atrás, pero... si voy a dirigir su empresa, no puedo entrar por la puerta de servicio.
Augusto la miró un segundo más, serio, y de repente, su rostro se rompió en una sonrisa amplia y satisfecha.
Salió muy bien, querida. Excelente, de hecho. - Augusto soltó una carcajada-. Admito mi humanidad. ¡Brillante! Los dejaste desarmados.
Parece que tienes experiencia enfrentándote a buitres y hienas.
- Podría decirse que sí -respondió Lucía con una media sonrisa, pensando en su ex prometido y en su propia historia de supervivencia-. La vida me ha entrenado bien.
Matilde, que había estado observando desde el sofá, se levantó y se acercó a abrazarla.
- Estuviste magnífica, hija. Elegante y firme. Justo lo que esta familia necesitaba.
El momento de celebración política fue interrumpido por un estruendo de pasos rápidos bajando las escaleras.
- ¡Lucía! ¡Tía Lucía!
Benicio y Thiago irrumpieron en el salón como dos huracanes en miniatura. Habían estado jugando en la planta alta, aburridos de estar encerrados, pero al ver llegar el coche de su tía favorita, habían bajado corriendo, ignorando las protestas de la niñera.
- ¡Llegaste! -gritó Benicio, abrazándose a las piernas de Lucía sin importarle arrugarle el traje blanco de presidenta-. ¿Viste? Te esperamos.
Lucía se agachó inmediatamente, olvidándose de su cargo y de su cansancio.
- Hola, mis amores. ¿Cómo se portaron? ¿Hicieron la tarea?
- Sí, terminamos todo -aseguró Thiago, acercándose con una timidez que se desvanecía cada vez más-. ¿Vas a jugar con nosotros? Benicio quiere armar la pista de carreras en la terraza, pero papá dice que hacemos ruido.
Lucía miró a los niños. Estaba agotada. Quería un baño de inmersión y dormir doce horas. Pero al ver esas caritas esperanzadas, supo que no podía negarse.
- Si me dan diez minutos para cambiarme estos zapatos que me están matando... sí, puedo jugar con ustedes un rato.
- ¡Siii! -festejaron los niños, saltando.
Matilde observó la escena con una sonrisa tierna, pero con un matiz de reproche dirigido al aire, hacia la madre ausente de esos niños.
- Es increíble -comentó la abuela en voz baja, pero lo suficientemente clara para que todos escucharan-. Lucía ha jugado más con esos niños en estos pocos días que su madre en toda la vida.

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