Capítulo 94
CAPÍTULO 51
Lucía se sentía incómoda sentada en ese gran escritorio a la par de Alexander.
Se removió incómoda, ajustando la falda de su traje sastre gris. Miró el reloj digital en la esquina de la pantalla de la computadora por décima vez en los últimos cinco minutos. Las 10:45 AM.
En el barrio Los Olivos, en ese preciso momento, el camión de Distribuidora Veterinaria del Norte estaría estacionando frente a su clínica.
Era día de proveedores.
Desde el día uno, hacía cinco años, cuando abrió las puertas de su clínica, Lucía había estado allí para recibir cada caja de vacunas, cada saco de alimento y cada botella de antibiótico. Le gustaba revisar los vencimientos personalmente, charlar con el repartidor sobre el tráfico y asegurarse de que todo estuviera como le gustaba a ella. Era un ritual. Era control. Era su mundo.
Yhoy, por primera vez en la historia de la Clínica Veterinaria Flores, ella no estaba.
- Deja de mirar el reloj, Lucía. El tiempo pasa igual, lo mires o no La voz de Alexander rompió su ensimismamiento.
Llevaba allí toda la mañana. Desde que llegaron juntos en el coche, Alexander se había autoproclamado su asesor en la sombra y se había instalado en el despacho presidencial como si fuera un mueble más, solo que uno muy atractivo y perturbadoramente observador - No lo puedo evitar -admitió Lucía, soltando el bolígrafo con el que había estado jugando-. Hoy es un día importante para la clínica. Es día de inventario y recepción de mercadería. Si hay un error en el pedido de los anestésicos, podríamos tener problemas todo el mes. Y no estoy presente.
Alexander dejó la tablet sobre la mesa de cristal y la miró con esa calma exasperante que a veces le daban ganas de borrarle de un beso o de una bofetada - Dejaste la clínica en buenas manos, Lucía.
Contratamos a esa chica nueva, Camila. Y están Luis y Alina. ¿Acaso no confías en ellos?
- Confío ciegamente en ellos -respondió ella rápido-. Luis es meticuloso y Alina... bueno, Alina es Alina, pero no deja que nadie nos estafe. No es una cuestión de desconfianza hacia mi equipo. Es...
Lucía dudó, buscando la palabra correcta.
- Es que siento que estoy abandonando a mi hijo por otro más rico.
- Y un error en mi clínica cuesta una vida -replicó ella con voz suave pero firme-. Si calculo mal una dosis, un perro muere. Si no reviso la fecha de caducidad de una vacuna, un gato enferma. Para mí, Alexander, mi clínica es tan importante como esta torre de cristal. Quizás no mueva millones, pero mueve corazones. Y para mí, eso lo es todo.
Alexander la miró. Vio la pasión en sus ojos verdes, la misma pasión que había visto cuando defendió a Mateo o cuando salvó al caballo. Sintió una punzada de admiración y, extrañamente, de envidia.
Él nunca había sentido eso por VegaCorp. Para él, la empresa era un deber, un legado, una carga dorada. Para ella, su trabajo era amor.
- Tienes razón -concedió él, bajando la guardia -. Perdón. A veces olvido que el valor de las cosas no se mide solo en ceros a la derecha. Lucía sonrió, agradecida por la tregua.
- Está bien. Entiendo que estés aquí. Es tu territorio. Debe ser difícil ver a otra persona sentada en tu silla.
- Es extraño -admitió él-. Pero la vista es mejor desde este lado del escritorio. Te queda bien el poder, Lucía.
Lucía sintió que se ruborizaba y bajó la vista hacia los documentos.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.