CAPÍTULO 44
Nadie en la mansión había preguntado por Lucia. Allí todo transcurría como un día normal.
Alexander estaba inquieto.
No podía soportarlo. La duda lo carcomía como un ácido.
¿Quién era ese tipo? ¿Qué tenía ese tal Mateo? ¿Por qué Lucía estaba dispuesta a dormir en una clínica incómoda solo para sostenerle la mano?
Cada minuto que pasaba imaginando a su esposa acariciando la frente de un jinete herido, sentía que perdía la razón.
— No, puedo quedarme aquí—gruñó Alexander, golpeando el volante de su coche—. No me voy a quedar aquí imaginando cosas.
Arrancó el motor y condujo hacia el barrio Los Olivos. La ira le daba una claridad visual aterradora. Iba a ir a esa clínica. Iba a entrar. Iba a ver a ese hombre. Y luego... luego decidiría si despedía a Lucía de la presidencia, si se divorciaba o si quemaba el edificio entero.
Llegó a la propiedad que él mismo le había obsequiado años atrás. La planta baja, la clínica, estaba oscura. Pero en la planta alta, en el apartamento privado, las luces estaban encendidas. Se veía un resplandor cálido a través de las cortinas.
«Ahí están», pensó, sintiendo un dolor agudo en el pecho. «Juntos».
Bajó del coche sin molestarse en cerrar con seguro. Subió las escaleras exteriores de dos en dos, impulsado por una adrenalina tóxica.
Llegó a la puerta y tocó el timbre. No fue un toque cortés; fue una exigencia. Mantuvo el dedo presionado durante tres segundos largos.
Dentro, Lucía se sobresaltó. Miró a los niños, que estaban concentrados en la película.
— Esperen aquí —les susurró—. Debe ser el delivery de helado que pidió Alina.
Abrió la puerta con una sonrisa cansada, esperando ver a un repartidor.
Pero la sonrisa se le congeló en los labios.
Alexander estaba allí, llenando el marco de la puerta con su altura y su aura de tormenta eléctrica. Llevaba el mismo traje del día, pero sin corbata y con la camisa desabotonada, y sus ojos grises brillaban con una intensidad peligrosa.
— Alexander... —susurró ella, retrocediendo un paso instintivamente—. ¿Qué haces aquí?
Él no esperó a ser invitado. No pidió permiso. Entró directamente, empujándola suavemente hacia un lado con su cuerpo, invadiendo el pequeño recibidor como un ejército de ocupación.
Sus ojos barrieron el espacio, buscando. Buscando al hombre. Buscando la traición.
— ¿Dónde está? —preguntó con voz ronca.
Lucía cerró la puerta rápidamente para que los vecinos no escucharan el escándalo.
— ¿De qué hablas? Alexander, no puedes entrar así.
Pero él ya estaba caminando hacia el pasillo que daba a la sala.
— Alexander, espera —dijo Lucía, corriendo tras él, intentando agarrarlo del brazo—. ¡Alexander, los vas a asustar! ¡Detente!
Él se sacudió su agarre.
— ¿Asustar? —repitió él con sarcasmo—. ¿Tienes miedo de que asuste a tu precioso paciente? Quiero ver qué tan grave es esa fractura que te impide volver a casa con tu marido.
Alexander llegó al final del pasillo y giró bruscamente hacia la sala de estar, listo para la confrontación. Esperaba encontrar a un hombre en la cama, o en el sofá, quizás semidesnudo, quizás riéndose de él.
Lo que encontró lo detuvo en seco, como si hubiera chocado contra una pared invisible.
La sala estaba en penumbras, iluminada solo por la luz azulada del televisor. No había camas de hospital, ni amantes secretos.
Lo que había era un caos de cojines y mantas en el suelo, formando una especie de fuerte improvisado.
Y en medio de ese fuerte, sentados sobre un colchón inflable, había tres personas.
Alina, con un tazón de palomitas vacío en la cabeza a modo de sombrero.
Una niña pequeña con trenzas deshechas.
Y un niño.
Un niño pequeño, de unos cinco años, con pijamas de dinosaurios y un yeso blanco enorme en el brazo izquierdo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.