CAPÍTULO 45
La película Astronautas contra Aliens 3 seguía reproduciéndose en la pantalla del televisor, llenando la pequeña sala de destellos azules y explosiones láser, pero ya nadie le prestaba la más mínima atención.
Para Mateo y Sofía, que habían crecido entre las paredes de un orfanato soñando con familias, la aparición de este hombre gigante y elegante era mucho más fascinante que cualquier marciano.
Mateo, con su brazo enyesado apoyado sobre un cojín, fue el primero en romper el dique de contención. Se olvidó del dolor y se incorporó, mirando a Alexander con la intensidad de un fiscal en pleno juicio.
— ¿El esposo? —repitió el niño, procesando la información—. Eso significa que se casaron. ¿Cuándo se casaron?
Alexander miró a Lucía buscando ayuda, pero ella estaba igual de paralizada, mordiéndose el labio inferior.
— Hace mucho tiempo, campeón —respondió Alexander, improvisando—. Diez años. Tú ni siquiera habías nacido.
— ¿Y por qué no nos lo dijiste, Lucía? —interrogó Mateo, girándose hacia ella con un reproche en sus ojos oscuros—. Nos cuentas todo. Nos dijiste cuando se te rompió la uña, nos dijiste cuando adoptaste al perro de tres patas... ¿pero no nos dijiste que tenías un esposo?
Lucía sintió la culpa como un pinchazo.
— Lo sé, mi amor. Es que... era complicado. Alexander viaja mucho por trabajo y... no quería que se ilusionaran con conocerlo si él no estaba aquí.
Sofía, que había estado observando de arriba abajo a Alexander, intervino con sus propias prioridades.
— ¿Y hubo fiesta? —preguntó la niña, con los ojos brillando—. En los cuentos siempre hay fiesta. Y pastel.
Alexander soltó una risa nerviosa. Recordó la firma apresurada, la lluvia y la ausencia total de pastel.
— No, pequeña. No hubo una gran fiesta. Fue... algo rápido.
— ¿Qué vestido usaste? —insistió Sofía, mirando a Lucía—. ¿Usaste un vestido de princesa con brillos y una cola larga?
Lucía y Alexander intercambiaron una mirada fugaz. Ambos recordaron el vestido sencillo y empapado de aquella noche.
— Usé un vestido blanco, Sofi. Muy simple.
— Qué aburrido —sentenció la niña, decepcionada—. Yo quiero un vestido de princesa. De color rosa. Y con muchos brillos.
Alexander vio una oportunidad para ganar puntos y desviar la atención del interrogatorio sobre su ausencia de una década.
— ¿Te gustan los vestidos de princesa? —preguntó él.
— ¡Sí! —exclamó Sofía.
— Entonces te compraré uno. El más rosa y brillante que encuentres.
— ¿En serio? —Sofía abrió la boca, maravillada—. ¿Me lo puedes comprar mañana?
— Mañana mismo —prometió Alexander, con la seguridad del que tiene una tarjeta de crédito sin límite—. Le diré a mi asistente que te consiga el catálogo completo de princesas.
Lucía le dio un codazo suave en las costillas.
— No intentes comprarlos, Alexander —le susurró.
— Solo estoy siendo un buen tío político —se defendió él en un susurro.
Pero Mateo no se dejaba distraer con vestidos. Su mente lógica seguía trabajando.
— Si tú eres el esposo y ella es la esposa... ¿por qué Lucía vive aquí y tú en el castillo? —preguntó, señalando el techo del apartamento—. Las familias viven juntas.
Esa era la pregunta del millón.
Alexander se removió incómodo en el suelo.
— Bueno, Mateo... los adultos a veces tienen trabajos que los obligan a estar en lugares diferentes. Pero ahora estamos arreglando eso. Lucía se está quedando en la casa grande conmigo estos días.

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