CAPÍTULO 46
Desde el instante preciso en que las palabras "Por supuesto que no" abandonaron los labios de Alexander, él supo que había cometido un error de cálculo monumental.
No fue necesario que nadie se lo dijera. No hizo falta que Lucía le lanzara una mirada de decepción infinita, ni que Alina dejara caer la mandíbula. La confirmación del desastre llegó desde abajo, desde la altura de un metro diez.
Alexander miró a Mateo. El niño, que segundos antes lo había observado con la admiración reservada para los superhéroes o los astronautas de la película, ahora lo miraba como si fuera un monstruo. O peor, como si fuera un extraño irrelevante.
En ese momento de silencio sepulcral, Alexander lo comprendió todo.
Las piezas del rompecabezas que lo habían atormentado durante días encajaron con un chasquido sordo en su cerebro.
«Te amo, Mateo».
«Eres mi vida entera».
«Me escaparé para verte».
No había amante. No había jinete musculoso. No había traición conyugal.
Esos niños... Esos niños eran, a efectos emocionales, de Lucía. Eran su familia. Eran el centro de ese universo paralelo que ella había construido al margen de los millones de los De la Vega.
¿Cómo no lo había pensado antes? ¿Cómo había sido tan ciego, tan básico, asumiendo que el único interés de una mujer tenía que ser romántico o sexual? Y, sobre todo, ¿cómo era posible que Damián, su eficiente y omnipresente jefe de seguridad, hubiera pasado por alto un detalle del tamaño de dos seres humanos?
Ocurrieron muchas cosas en simultáneo en esa pequeña sala de estar.
La magia se rompió. El fuerte de almohadas, que antes parecía un mundo de pura diversión, ahora se sentía como un montón de trapos viejos en el suelo.
Mateo cambió su punto de vista hacia Alexander de forma radical. De ser el posible padre, el gigante que venía a salvar el día, se convirtió en un "marciano". Un ser de otro planeta que no hablaba su idioma, que no entendía de sentimientos y que no pertenecía a su mundo.
El niño se giró hacia Lucía, dándole la espalda deliberadamente a Alexander.
— Lucía, ya no quiero ver la película —dijo Mateo con voz apagada, frotándose el ojo con el puño cerrado.
— Yo tampoco —añadió Sofía, soltando la manta—. Ya no es divertido.
Alina, intentando salvar la situación con su habitual optimismo, se acercó al colchón.
— Bueno, chicos, no terminamos de ver el final, pero podemos dejarlo para otro día. ¿Qué les parece si les preparo una leche caliente y...?
— No —la cortó Mateo, aferrándose al brazo de Lucía—. Ya nos queremos ir a dormir. Pero queremos que vengas con nosotros, Lucía. Por favor. No nos dejes.
Lucía asintió, acariciando el cabello revuelto del niño. Su rostro estaba pálido, tenso.
Llevaba el mismo pijama sencillo, tenía el rostro lavado y los ojos rojos de haber contenido el llanto. Se detuvo al verlo todavía allí, y una mezcla de sorpresa y cansancio cruzó sus facciones.
— Pensé que te habías ido —susurró ella, cruzándose de brazos como si tuviera frío.
— Yo pensé que no ibas a bajar nunca —respondió él, con voz grave.
— Lo pensé, Alexander. —Lucía caminó hacia la cocina y se sirvió un vaso de agua, dándole la espalda—. Pensé en quedarme ahí dentro y no volver a salir hasta que te hubieras marchado. Pero necesito... necesito entender.
Se giró y lo miró con una intensidad que lo hizo sentir pequeño.
— ¿Por qué fuiste tan cruel?
Alexander se tensó.
— ¿Cruel? —repitió, a la defensiva—. Lucía, me hicieron una pregunta directa. "¿Vas a ser nuestro papá?". ¿Qué querías que dijera? ¿Que les mintiera? ¿Que les diera falsas esperanzas para que luego, cuando la realidad nos golpee, sufran el doble?
— Podrías haber sido más suave. Podrías haber dicho "ya veremos", o "somos amigos". No necesitabas dispararles un "por supuesto que no" a quemarropa. Son niños, Alexander. Niños que ya han sido abandonados. Para ellos, un no es un abismo.
— Ser honesto te parece cruel —replicó él, pasando una mano por su cabello—. Pero la mentira piadosa a veces es peor. No voy a ser su padre, Lucía. No sé ser padre. Mírame. No puedo ni manejar a mi propia familia, ¿y quieres que me haga cargo de dos niños traumatizados?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.