Lucía dejó el vaso sobre la mesada con un golpe seco.
— Nadie te pidió que te hicieras cargo. Mateo solo hizo una pregunta desde su inocencia. Pero tu reacción... tu reacción me dejó claro que no tienes idea de lo que está sucediendo aquí.
— Tienes razón —admitió Alexander, dando un paso hacia ella—. No tengo idea. En estos diez años me había olvidado de que tenía una esposa. Vivía mi vida, firmaba cheques y pensaba que todo estaba en orden. Y de repente, en un mes, descubro que mi esposa es millonaria, que es veterinaria, que es la favorita de mi abuelo... y ahora resulta que no es solo la esposa. Resulta que viene con un paquete sorpresa de dos niños.
Alexander señaló hacia el pasillo.
— ¿Qué es esto, Lucía? ¿Son tuyos? ¿Legalmente?
Lucía suspiró, frotándose las sienes. Ya no tenía sentido ocultarlo.
— Estoy pidiendo la custodia temporal de estos niños —confesó—. Llevo dos años en el proceso. Es burocrático, lento y doloroso. He pasado por entrevistas, visitas sociales, evaluaciones psicológicas... Ya deberían haberme dado una respuesta, pero el sistema está colapsado.
Ella levantó la vista y lo miró a los ojos, decidiendo ser brutalmente honesta.
— Y te voy a confesar algo, Alexander. Creo que por el hecho de ser tu esposa en los papeles... todo ha ido un poco más rápido últimamente.
Alexander frunció el ceño.
— ¿Usaste mi nombre?
— No directamente. Nunca me presenté como "La Señora De la Vega" para exigir nada. Pero en los formularios... en el estado civil... aparezco como casada. Y cuando investigan los antecedentes socioeconómicos, tu apellido pesa. La burocracia se mueve más rápido cuando huele dinero, aunque yo no lo use.
— Claro —murmuró Alexander con cinismo—. La custodia definitiva tarda un rato, pero el apellido De la Vega abre puertas. ¿Y cuándo pensabas decírmelo? ¿Si mi abuelo no se despierta nunca, jamás me iba a enterar de que me quieren meter dos hijos por la puerta de atrás?
— No te iba a "meter" nada —se defendió Lucía—. Tampoco en la custodia aparece tu nombre.
— ¿Cómo así?
— Lo estoy pidiendo en mi nombre —aclaró ella con firmeza—. Lucía Flores. Estoy solicitando la adopción monoparental, alegando que mi esposo está ausente por trabajo indefinido. Mis abogados me dijeron que era posible si demostraba solvencia económica propia. Y la tengo.
Alexander se quedó mudo. Adopción monoparental. Ella había planeado ser madre sola. Había planeado una vida entera donde él era solo una excusa legal, un fantasma que firmaba desde lejos.
Sintió un golpe en el ego, pero también una extraña sensación de vacío. Ella no lo necesitaba. Realmente no lo necesitaba para nada.
— Por favor —dijo Lucía, y su voz se quebró un poco, perdiendo la dureza—. No quiero que arruines esto, Alexander. Esos niños han sufrido mucho. Si ahora que apareciste, empiezas a poner trabas, o si decides divorciarte en medio del proceso... el juez podría denegarme la custodia por inestabilidad familiar. Perdería a Mateo y a Sofía. Y eso... eso me mataría.
Alexander la miró. Vio el miedo real en sus ojos. Vio a una madre leona dispuesta a todo.
— Necesito pensar —dijo él, retrocediendo un paso. Se sentía abrumado. Demasiada información. Demasiados cambios—. Esto es... mucho.

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