CAPÍTULO 47
Minutos antes de que Alexander saliera de la casa de Lucia…
Lucía se sentó frente a ellos en la alfombra, buscando sus miradas esquivas.
— Bueno... —empezó ella, intentando inyectar una normalidad que no sentía—. Ha sido una noche larga. Demasiadas palomitas, ya nos hemos desvelado lo suficiente.
Mateo no sonrió. Levantó la vista y clavó sus ojos oscuros en los de ella. Tenía preguntas. Preguntas que no podían esperar hasta mañana.
— Lucía —dijo el niño, con una seriedad que le añadía diez años a su rostro infantil—, ¿tu esposo no nos quiere?
La pregunta, directa y sin filtros, le rompió el corazón a Lucía en mil pedazos. Odiaba a Alexander en ese momento. Lo odiaba por haber sembrado esa duda en un niño que ya había sido rechazado demasiadas veces.
— No es eso, mi amor —mintió ella, acariciando su mejilla—. Alexander... él no está acostumbrado a los niños. No sabe cómo jugar, ni cómo hablar con ustedes. Se puso nervioso. A veces, los adultos dicen cosas tontas cuando están nerviosos.
— Dijo "por supuesto que no" —le recordó Mateo, implacable—. Dijo que no iba a ser nuestro papá.
— Lo sé. Y lamento que lo hayan escuchado así.
— ¿Y entonces qué pasará con nosotros? —intervino Sofía, con la voz temblorosa, aferrándose a la manga del pijama de su hermano—. Si él es el dueño del castillo y no nos quiere... ¿no nos iremos a vivir contigo? ¿Nos vamos a quedar en el orfanato para siempre?
El miedo en la voz de la niña era palpable. El miedo a que la puerta de la esperanza, que Lucía había mantenido entreabierta durante dos años, se cerrara de golpe por culpa de un hombre rico y gruñón.
Lucía tomó las manos de ambos, la sana de Mateo y la pequeña de Sofía, y las apretó con fuerza.
— Escúchenme bien, los dos. Mírenme. —Esperó a que ambos centraran su atención en ella—. Eso no sucederá. No importa lo que él diga. No importa si vive en un castillo o en la luna. Yo soy la que decide sobre mi vida. Y ustedes son mi vida.
Lucía sintió que la determinación le quemaba por dentro.
— Voy a luchar por ustedes, no lo olviden —les prometió, con una intensidad feroz—. Estoy haciendo todos los papeles. Estoy moviendo cielo y tierra. Y si Alexander no quiere ser parte de esto, entonces lo haremos nosotros solos. Pero vamos a ser una familia. Se los juro por mi vida.
Alina, que estaba apoyada en el marco de la puerta del baño, se acercó y se sentó en la cama junto a los niños, rodeándolos con sus brazos.


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