Capítulo 87
Entonces, se giró hacia su hermana.
- Sofi... -susurró en la oscuridad-.¿Ya te dormiste?
Hubo un silencio breve, y luego el movimiento de las sábanas. Sofía se giró hacia él. Sus ojos brillaban, reflejando la poca luz.
- No. ¿Y vos?
- Sofía, te estoy hablando, es obvio que no me dormí -respondió Mateo con impaciencia de hermano mayor, rodando los ojos aunque ella no pudiera verlo bien.
Sofía se sentó en la cama, abrazando sus rodillas.
- Mateo... tengo miedo.
- Yo también -admitió él, aunque le costaba-.
Pero no del brazo.
-¿Qué vamos a hacer, Mateo? -preguntó la niña, con voz angustiada-. Ese hombre... ese Alexander.
No es un buen esposo para nuestra Lucía.
Mateo asintió en la oscuridad. Su mente de cinco años, curtida por la supervivencia en el sistema de acogida, había analizado la situación con una claridad alarmante.
- Lo sé. Viste cómo la miró. Y viste cómo nos miró a nosotros. Como si fuéramos bichos. Lucía estaba triste. Como cuando quiere llorar pero no lo hace.
- Ella dijo que él no sabe jugar -recordó Sofía-.
Pero yo creo que es malo.
- Es rico -analizó Mateo-. Tiene un castillo. Si él no nos quiere, Sofía... va a convencer a Lucía.
- ¡Lucía dijo que no! Dijo que lucharía.
- Los adultos dicen muchas cosas -replicó Mateo con sabiduría cínica-. Pero los esposos mandan. Si él le dice "o ellos o yo", ¿qué va a hacer Lucía? Él es su esposo desde hace mucho tiempo. Nosotros acabamos de llegar.
Sofía sollozó bajito.
- No quiero perder a Lucía. Ella es nuestra mamá.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.