CAPÍTULO 48
Alexander de la Vega no regresó a la mansión esa noche.
Después de salir de la casa de Lucía condujo directamente hacia el centro de la ciudad, hacia el ático de lujo que había sido su hogar durante la última década.
Necesitaba recordar quién era antes de que una veterinaria y dos huérfanos pusieran su mundo de cabeza. Quería volver a sentir, aunque fuera por unos minutos, lo que era su antigua vida: el silencio perfecto, el control absoluto, la ausencia de caos emocional.
Entró en su ático. Todo estaba exactamente como lo había dejado.
Esperaba sentir alivio. Esperaba sentir paz.
Pero lo único que sintió fue frío.
El silencio, que antes era su mayor lujo, ahora le parecía opresivo. Le faltaba algo.
—Ridículo —se dijo a sí mismo, bebiendo un trago largo—. Esto es lo que querías. Sin niños. Sin dramas. Solo tú y el éxito.
Decidió que al día siguiente no iría a la oficina. Quería que Lucía viera la realidad. Quería que se enfrentara sola a los lobos de VegaCorp sin su escudo protector.
«Que vea cómo se las arregla sola», pensó con un resentimiento infantil. «Que intente leer un balance de fusión sin mí. Que intente controlar a Rodrigo. Cuando se estrelle contra la pared, vendrá a buscarme. Y entonces hablaremos de esos niños y de cómo fue capaz de traer no a uno, sino a dos hijos a su vida sin siquiera consultarlo conmigo».
Pasó la mañana en el ático, ignorando los correos electrónicos y las llamadas de la junta directiva. Entrenó, leyó noticias y trató de convencerse de que estaba disfrutando de su libertad. Pero sus ojos volvían una y otra vez al teléfono, esperando una llamada de auxilio de Lucía que nunca llegó.
Cerca de las cuatro de la tarde, la curiosidad pudo más que el orgullo.
Marcó el número de Damián.
— Señor —respondió el jefe de seguridad al primer tono.
— Damián. Informe de situación.
Pero antes de que Damián pudiera hablar, Alexander soltó la pregunta que lo había estado carcomiendo desde la noche anterior.

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