Capítulo 90
CAPÍTULO 49
Alexander cerró la puerta de la habitación con un clic suave que resonó como un disparo en el silencio de la noche.
Por fuera, mantenía la compostura estoica de siempre, esa máscara de mármol que había perfeccionado durante años de negociaciones hostiles. Si alguien lo hubiera visto en ese momento, habría dicho que era el retrato de un hombre satisfecho: su esposa acababa de cerrar el trato del año, las acciones de VegaCorp estaban al alza y la familia parecía unida ante la prensa.
Pero por dentro, a Alexander de la Vega se lo comían los demonios.
Su mente era un campo de batalla.
¿Cómo era posible?
Durante una década, él había creído que tenía a una mujer sencilla guardada en una casa suburbana, una huerfanita agradecida que estudiaba algo y vivía de su generosidad. La había subestimado.
Y ahora, esa misma mujer, en su primera semana como Presidenta, había logrado lo que él no había podido en ocho meses. Había comprado la naviera.
Había encantado a los viejos Santos. Había usado el corazón donde él usaba la calculadora.
Alexander se miró en el espejo del vestidor. Vio a un hombre confundido.
<<Es que acaso encontré un diamante en esa iglesia hace diez años y nunca me di cuenta», pensó con amargura No eran solo celos profesionales. Era algo peor. Era la sensación de ser innecesario. Lucía no lo necesitaba para comprar empresas, ni para defenderse de Rodrigo, ni para ser madre.
Esa independencia radical era atractiva, sí, terriblemente sexy, pero también aterradora.
Salió del vestidor, ya en pijama.
Lucía estaba sentada en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero acolchado, revisando algo en su celular. Llevaba un camisón de seda color crema que la hacía ver suave, accesible, un contraste total con la ejecutiva de traje blanco que había dominado la ciudad horas antes.
Al verlo entrar, ella dejó el celular sobre la mesita de noche y lo miró.
Alexander se metió en la cama, en su lado de la cama, manteniendo esa frontera invisible de sábanas que se había convertido en su trinchera. Se acostó boca arriba, mirando al techo, con las manos cruzadas sobre el estómago.
El silencio se estiró, tenso y elástico.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.